Venezuela

timthumbJosé Antonio Palao.

Profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universitat Jaume I de Castelló.

¿Por qué a los izquierdistas, los demócratas radicales, de España, de Europa y del mundo, aunque a veces nos perturben sus formas demagógicas, sus extrañas alianzas (con Irán, por ejemplo), su desprecio del buen gusto y del respeto, nos cuesta tanto criticar o condenar al régimen venezolano, como antes nos costó siempre condenar al cubano? Parece ser que es la gran pregunta en este ambiente electoral. ¡Sres. de Podemos, condenen las violaciones de los derechos civiles en Venezuela! Contestación: en Arabia Saudí es peor, los condenamos en cualquier país del mundo que se produzcan, no se nos puede acusar de nada con la de casos de corrupción del PP, etc., bla, bla, bla, balones fuera. Con lo fácil que sería hacer una concesión electoral, con tantas que se hacen en pro de la transversalidad,  y condenarlo y ya está. El Comandante Chávez tenía muchas sombras, pero Maduro no tiene luz alguna. Lo mismo pasaba en los 90, cuando Fidel toleraba la miseria, más moral que económica, en Cuba y permitía que se convirtiera en una especie de prostíbulo para turistas. Cualquiera que tenga más de treinta y cinco años lo recordará perfectamente.

¿Saben por qué nos resistimos, más de lo que merecería la ocasión, los rojos de España a una condena tajante del gobierno venezolano (régimen es una hipérbole muy inexacta) y, en general, a criticar abiertamente de los modos populistas latinoamericanos, como el machismo de Evo (los pollitos que hacen gays) y de Correa (la defensa de la familia tradicional y de las mujeres mujeres), una presidenta que jura por Dios y por su difunto marido poniéndolos al mismo nivel, un presidente y un partido que ve epifanías de su difunto líder en las manchas de humedad de los túneles del Metro? ¿Saben por qué? Confesémoslo de una vez: por miedo. Sí, sí, acojonaditos estamos lo rojos. Muertecitos de miedo y de memoria histórica. ¿No me captan? Vean este vídeo, que pertenece a la película de La batalla de Chile, la lucha de un pueblo sin armas de Patricio Guzmán, que narra todo recorrido que llevó al golpe de Estado de Pinochet contra la Unidad Popular:

Y ahora hagan, por favor, un pequeño esfuerzo. Pequeñísimo, en serio, que no cuesta nada, ya verán. Imagínense las imágenes en color. ¿Fácil, verdad? Luego cambien el acento chileno por un acento más caribeño, o incluso por portugués. No hay que cambiar nada más. Ni las pintas de los manifestantes, ni los argumentos (comunistas podridos, que los saquen del gobierno (impeachment), etc.) porque son los mismos gritos que oímos en las actuales manifestaciones antigubernamentales de Caracas o de Rio.  ¿Saben lo que vino después? La Operación Cóndor, siete mil desaparecidos en Chile, más de treinta mil en la Argentina, exterminio de poblaciones indígenas por los militares o paramilitares y todo tipo de asesinatos impunes en El Salvador, Guatemala o Colombia, y gobiernos absolutamente corruptos como los venezolanos antes de Chávez o los mexicanos, o tantos otros, en la más absoluta impunidad. ¿Sigo o es suficiente?

Miren, sí. Me dan miedo. Pueden parecerme deleznables muchas de las cosas que hace y dice Nicolás Maduro, ok. Y no tengo duda de lo mal que lo pasan muchos venezolanos con el alto índice de criminalidad y, sobre todo, con el desabastecimiento. Pero cuando miro la pinta de sátrapas y pijos rapaces, con propensión a sangrientos, y escucho los gritos histéricos de los líderes que aspiran a rentabilizar el descontento popular  no puedo dejar de pensar en la señora del vídeo y en quién está detrás y qué vendrá después. Si para criticar a Maduro no tengo más remedio que apoyar a estas oposiciones que encabezan gente como los Capriles, Temer o Macri, lo que siento es mucho miedo. Tanto como el de los abuelitos que asusta el PP diciéndoles que vamos a tener un régimen como el de Venezuela.

Rivera es recibido en Caracas.
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Rivera es recibido en Caracas.

Miren, yo no veo ese riesgo por ningún lado. Los demócratas europeos, sobre todo los españoles que hemos sufrido cuarenta años de fascismo y represión, nos estimamos mucho las conquistas de derechos por parte de las mujeres, de los colectivos LGBT, de la descentralización política y del laicismo como para permitir que ningún gobierno que apoyemos postule el más mínimo valor en sentido contrario, ni como estrategia transversal, ni como nada.  Cierto que, mientras América Latina lo pasaba de pena y le sangraban las venas, en Europa se construía un Estado del Bienestar y se impulsaba un desarrollismo fatuo que nos hizo mirar para otro lado. Pero cierto también que el neoliberalismo tiene como uno de sus motores la avidez de víctimas, y exactamente igual que expoliaron a América hace ya tiempo que le llegó el turno a Europa con esta crisis inducida por los grandes capitales, como era perfectamente de esperar. Llevamos casi una década de crisis y austericidio, que se dice pronto, y mucha gente está cayendo en la pobreza con una celeridad inédita. La cosa es que mientras los pueblos de Latinoamérica tienen como tarea fundamental conquistar lo que nunca tuvieron, en España la primera tarea es reconstruir todo lo que dinamitó y expolió el PP. Pero sigue habiendo muchos más espacios de encuentro que diferencias, sin duda.

El problema es de sensibilidades, y la demagogia derechista lo sabe y lo utiliza. Como utiliza a la, en la práctica, difunta ETA, y como la utilizó con una inmoralidad escandalosa el 11M de 2004 para intentar detener el castigo electoral a los efectos de sus políticas belicistas. Tan avergonzado está el PP que aún no se ha atrevido a mandar a nadie para “interceder” a Venezuela. A Cuba mandó a gente tan ejemplar como Carromero. Aún se están riendo. Ciudadanos (qué bien encaja en las fotos con los pijos voraces de Venezuela Albert Rivera, ¿verdad?, nadie diría que no es uno de ellos) sí que ha visto un filón. Y el Psoe también. A un Felipe González que ha tendido que ser víctima de una degeneración moral muy canallesca para decir que el régimen de Pinochet le parecía más democrático que el régimen bolivariano de Venezuela. Muy, pero que muy canalla hay que llegar a ser para poder decir esto sin pensar en los miles de muertos y millones de exiliados.

En cuanto a Podemos, pues ya lo sabemos. Su ansia de incrustarse en las esferas de poder le ha llevado a caer en todos los vicios comunicativos de los políticos profesionales: y tú más, balones fuera, desviar las preguntas, etc. No veo que sea tan difícil, hombre. Lo que los tertulianos de extrema derecha (mira que hay, tú, crecen como las setas) llaman financiación de Podemos por Venezuela es algo tan simple como que el núcleo promotor del partido surgió de un think tank llamado CEPS (sí, de aquí de València, carrer de Carnissers) y esa institución realizó trabajos de asesoría para el gobierno venezolano y cobró por ellos. Basta con decir que Maduro no ha hecho mucho caso de sus consejos (espero, no he leído esos informes) y ya está. Ningún izquierdista está libre del pecado de haber considerado que el régimen bolivariano merecía una oportunidad después de las sangrientas derrotas de la izquierda latinoamericana en los años 70. Si pese a muchas presiones en contra, incluso de mi medio familiar y personal, pensé que Chávez merecía una oportunidad, es por la loa de sus políticas a favor de los desposeídos, cosa que me parece indudable y era lo más urgente, que le leí a alguien tan poco sospechoso de ser un agente de la KGB como Gianni Vattimo, en su libro Comunismo Hermenéutico. ¿Que hay cosas muy reprochables en las implementaciones del chavismo y en general del populismo de izquierdas en Latinoamérica, en lo social, en lo político y en lo económico? Por supuesto, y lo demuestra el que desde el Kirchnerismo y desde el PT brasileño estén marcando con Maduro distancias que no marcaron nunca con Chávez. Pero eso ya sería materia para otro artículo que,  aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, también ampliara el brevísimo comentario que he hecho más arriba sobre el CEPS.

Mientras tanto, mi petición a la oposición venezolana es que, si quiere verdaderos apoyos democráticos desde el extranjero, y no sólo los de gente tan propensa a la tolerancia con el fascismo como los que van ahora desde España, cambie las caras de sus dirigentes. Por favor.  Los demócratas somos gente muy temerosa y nos asustamos en seguida. El gato escaldado huye del agua fría. Y el caldo de cultivo de los Capriles, Macris o Uribes ya está más que templadito. El pueblo venezolano lo está pasando mal, no tengo duda. De lo que también tengo certeza es de que estos voceros del neoliberalismo no van sino a empeorar la situación. Fíjense, si no, en lo que ha hecho el PP en España.

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