Un país con cara de mustio

Ana María Galarza Ferri.
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Ana María Galarza Ferri

Periodista

 

Los 80′ los he conocido a través de mis padres. En los breves trayectos de coche hacia nuestro lugar de veraneo, mi padre hablaba -escuchando Sabina y sus poéticas canciones- de los problemas de las drogas, el miedo al terrorismo, la movida madrileña, el movimiento estudiantil, los Juegos Olímpicos, la Expo y esa genial sensación de comerse el mundo.

España acababa de entrar en la Unión Europea. Éramos unos modernos, vanguardistas con actitud juvenil por bandera. Durante los 90 y los primeros años de la década de los 2000, a todo aquel frenetismo, le siguió el crecimiento económico.  El boom del ladrillo, la entrada en vigor del euro, el éxito en lo deportivo… “Yo soy español” sonaba cada vez que los nuestros se reunían más allá de las fronteras nacionales, pero pronto estalló la crisis y nos reventó en las narices. Corrupción, desempleo, paro juvenil, precariedad… Los medios de comunicación nos despertaban de aquel sueño y nos traían de vuelta a la realidad, a un país donde las expectativas de mejora eran muy pocas.

Los últimos datos del paro y de la afiliación a la seguridad social parecen mostrar esos “brotes verdes” que decía Elena Salgado, ministra de Economía y Hacienda durante el Gobierno de Zapatero.

Parece ser que salimos de la crisis o, al menos, no estamos tan metidos en ella, pero vamos directos a unas condiciones de vida no demasiado tentadoras. Los contratos basura de los jóvenes, la inamovilidad en los salarios de los adultos, la escasez de ayudas públicas… Nos levantamos cada día con la pesadez de tener que acudir a un trabajo que no nos gusta para ganar un salario que nos ayude a subsistir, ya no digo vivir.

¿Cuántos de los jóvenes que salen de nuestras facultades se dedican a lo que quieren? ¿Cuántos doctores o doctoras repartiendo pizza? ¿Cuántas abogadas o cuantos maestros doblando camisetas? Sí, hay trabajo pero un trabajo mal remunerado, con escasa estabilidad y con mucha falta de ilusión. Mientras no demos un empujón de optimismo a la imagen que tenemos de nosotros mismos no solucionaremos nuestros problemas. Saldremos de la crisis, sí, pero con cara de mustios.


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