Rosas y palomitas entre siglos. La desaparición de los pequeños comercios

Felicitación de El Siglo Valenciano. Años 70-80. A. P. R. S.

Felicitación de El Siglo Valenciano. Años 70-80. A. P. R. S.

La globalización ha provocado que en la ciudad hayan proliferado negocios alejados de nuestro carácter autóctono, sobretodo tiendas con franquicia y otras procedentes del Lejano Oriente. Las primeras ofrecidas por multinacionales que pretenden ocupar una buena tajada del pastel comercial. Las segundas regentadas por la comunidad china, establecimientos de “todo a cien” con artículos de mínima calidad fabricados en Taiwan. Este es el panorama comercial que tenemos en Valencia pero general a otros lugares.

Respecto a los cambios de negocio, en la actualidad, también han incidido las nuevas leyes sobre alquileres. Una centenaria tienda pagaba el arrendamiento antiguo y ello le hacía perdurar, para desventura de los dueños. El desorbitante aumento y puesta al día de los alquileres ha producido que muchos establecimientos “de toda la vida” hayan cerrado o estén en vías de hacerlo. Un ejemplo lo tenemos en “El Siglo Valenciano”, esa entrañable tiendecita que subsistía en la calle de San Fernando frente al que fue el Gran Almacén El Siglo de siempre. Dentro de poco cerrará sus puertas sin que nada ni nadie lo pudiera evitar, ni tan siquiera que ningún medio de comunicación se percate de ello. En silencio, sin remedio. Prometemos hacer un artículo más extenso.

…“El Siglo Valenciano”, esa entrañable tiendecita que subsistía en la calle de San Fernando frente al que fue el Gran Almacén El Siglo de siempre.

Calle de la Corregería, 1980. A. P. R. S.

Calle de la Corregería, 1980. A. P. R. S.

Una imagen nos recuerda un pequeño establecimiento que permanecía en los años 80 en la plaza de la Reina, Rosas el Micalet, así, en valenciano, nuestro. Además de helados, ofrecía rosas de maíz estalladas al calor de un aparato ex profeso. Después se llamarían cotufas y más tarde palomitas tan presentes en los cines.

Junto al pequeño establecimiento, esquina a la calle de la Corregería, se hallaba una casa de “Fotos en el acto”, habitáculo de apenas cinco metros de superficie con una cabina sistema Photomaton, donde ofrecían fotos de carnet en tiras. Una flecha nos indica la dirección de El Racó de Pep, rincón de tapas.

También nos abandona El Siglo Valenciano, al igual que lo hizo el siglo XX.

Desaparecieron las rosas de nuestro vocabulario, el estrecho establecimiento con cabina para fotos rápidas, el Racó de Pep y muchos de los antiguos comercios. También nos abandona El Siglo Valenciano, al igual que lo hizo el siglo XX.  Los años pasan y sin darnos cuenta desaparecen viejos edificios de balcón corrido y mirador. Tan sólo dos plantas altas y unos bajos con habitáculos que abrazaban metros suficientes para el humilde negocio. Quedan rosas en la memoria.

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2 Responses to "Rosas y palomitas entre siglos. La desaparición de los pequeños comercios"

  1. Javier Luna  27 de febrero de 2015 at 17:20

    Tengo la plena certeza de que Rafael Solaz ha tenido que hacer un gran esfuerzo emocional -como lo hizo Pablo Neruda refiriéndose a su amada- para escribir el artículo que hoy merece nuestra atención.

    Se nos encoge el corazón, se nos entristece el alma, se nos va un trozo de vida … cuando en el habitual peregrinaje por nuestra querida Valencia vemos desaparecer Comercios, Tiendas, etc que nuestra retina había fijado ya -como el objetivo de una cámara fotográfica- en un negativo (antes) y en una memoria (ahora) que parecían y, desde luego debían haber sido, ya preservados buscando la fórmula más idónea para detener el tiempo y la magia de su existencia.

    De muchos de ellos ya sólo nos queda recuerdo; de los pocos que todavía siguen abiertos nos queda la lucha y el coraje por la supervivencia de quienes actualmente los regentan. Si amamos nuestras raíces, no podemos ni debemos dejarlos abandonados a su suerte y a su soledad.

    ¡ MOSTRÉMONOS SOLIDARIOS Y APOYEMOS A LOS COMERCIOS ANTIGUOS QUE TODAVÍA QUEDAN EN NUESTRA CIUDAD !

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  2. Julio Cob  27 de febrero de 2015 at 22:31

    El ultramarinos de barrio, con su libretita de apuntes, donde Pascual anotaba las treinta y dos pesetas de la compra diaria de la Sra. Pepita, con el único aval de la honradez vecinal, nos queda tan lejano, como aquellos primeros días en los que fueron apareciendo las cadenas comerciales.

    Todo una premonición de un futuro al que llegaría, por una u otra causa, el estoque final al comercio de barrio de “toda la vida”. La razón que lo motivara es irrelevante porque la vida siempre se detiene. Pero nos entristece. ¡Vaya que sí!

    Siempre dejamos atrás una parte de nosotros mismos. Pasas por tu calle de siempre y te viene el recuerdo de la vieja lechería relamiendo su nata. O del pequeño escaparate que lucía un par de botas de fútbol con sus tacos de cuero.

    Por eso, aquello que resiste el paso del tiempo y se mantiene entre nosotros adquiere un valor incalculable por lo que representa.

    Y Rafael Solaz en su mimo y cuidado por el pasado, nos recuerda que el tiempo no se detiene y que en su erosión deja y dejará unas heridas que como viejas medallas conforman nuestra identidad. Mantengamos su orgullo.

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