¡Que te pego, leche!

BittereconomiaCarles-Andreu Fernández.

Economista.

 

Hace pocos días que falleció uno de los empresarios más conocidos de España y también al que mejor le quedaba el traje de Superman: José María Ruiz-Mateos. Un hombre que tenía como churros empresas (llegó a controlar unas 700) e hijos (trece nada menos, como buen miembro del Opus Dei que fue hasta que le echaron), y que podría decirse que fue el inventor de la figura del empresario-espectáculo por sus esperpénticas actuaciones para llamar la atención de la prensa. ¿Y cómo llegó un señor trajeado a pegar capones a un ministro y a vestirse de presidiario en la puerta de los juzgados? Todo empezó con la famosa expropiación de su querida Rumasa en 1983, pero ¿por qué pasó?

Rumasa era un holding, es decir, una empresa cuya finalidad era agrupar un batiburrillo de empresas que llegaron a ser unas 700, entre las cuales había principalmente bodegas, hostelería, grandes almacenes (los desaparecidos Galerías Preciados) y bancos. Su tamaño era enorme, pues en sus últimos días llegó a tener 60.000 empleados y facturaba 2.000 millones de euros. Sin embargo, el grupo, fundado en 1961, no era tan sólido como parecía y ya tenía la mosca detrás de la oreja el último gobierno de UCD.

En efecto, al gobierno español algo le olía mal dentro de Rumasa. Y no era porque se hubieran avinagrado los vinos, sino más bien por los bancos, ya que no eran de los más grandes del país y sin embargo, se dedicaban a financiar las empresas de su propio grupo fueran de maravilla o estuvieran para cerrar la persiana, con lo que fueron acumulando riesgos excesivos. Era una situación extraña, pues lo normal es que sean los bancos los que tengan empresas, y no al revés. La inestabilidad de un sistema financiero puede ser fatal para un país, y la banca de Rumasa estaba de mírame y no me toques. A esto se añadió que a Ruiz-Mateos no le hacía mucha gracia ni las auditorías ni las inspecciones de Banco de España, cosa que no era de extrañar porque desde 1975 se detectaron irregularidades en las cuentas de las entidades bancarias, y además el grupo estaba en quiebra técnica (o sea, según la contabilidad no es que valiera un pimiento, sino menos todavía).

Cuando el PSOE llegó al poder en enero de 1982, inicialmente sólo quiso que Rumasa aclarara sus cuentas y así poner orden en el sistema financiero español, pero Ruiz-Mateos no quiso para que no se le viera el plumero y, además, se enfrentó al gobierno en los despachos y en los medios de comunicación. Ante esta actitud, Miguel Boyer, el famoso ministro de Hacienda que fue marido de Isabel Preysler, decidió expropiar todo el holding con urgencia la noche del 23 de febrero de 1983 aludiendo los motivos de “utilidad pública e interés social”. Con ese Decreto-Ley empezó la batalla de Ruiz-Mateos por recuperar sus empresas, y con ella el show.

Analizando la situación, ¿no nos suena de algo? Había un peligro en la banca española por una excesiva concentración de riesgos, como en la crisis de 2008. Los bancos de Rumasa concedieron créditos que no sabían si les devolverían sus empresas amigas del grupo, y en la crisis más actual, las entidades bancarias concedieron hipotecas que fueron fallidas, o compraron inmuebles que luego se tuvieron que comer con patatas. En ambos casos hubo que tomar medidas de política económica muy importantes, ya que puede ser muy peligroso para un estado que un banco grande o muchos pequeños quiebren porque pueden llevarse detrás a otros, y al final colapsar el sistema financiero. Las entidades financieras están muy relacionadas unas con otras, entre otras cosas porque los fondos viajan de unas a otras a diario, ya sea por los préstamos que se conceden entre sí o por otros motivos. Por este motivo se decidió expropiar a Rumasa, de donde lo que más interesaba eran los bancos que contenía, y se realizaron los impopulares “rescates a la banca” de Rajoy. Ahora bien, si el tamaño de la entidad no es muy relevante, como fue el caso del Banco de Madrid, se deja que caiga y se liquida.

En resumidas cuentas: el caso Rumasa fue el primer escándalo financiero de la España democrática. Luego vinieron muchos más, incluyendo el de la Nueva Rumasa, y es que los españoles no paramos de tropezar en la misma piedra… hasta que nos rompamos la crisma de una vez.

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