Podríamos, pero no podemos

timthumb2Francisco Javier Gómez Tarín

Profesor Titular de Comunicación Audiovisual Universitat Jaume I. Castellón.

 

En mi anterior colaboración, antes de que hubiera fracasado el intento de Pedro Sánchez para la investidura y se abriera un nuevo periodo de inciertos dos meses, concluía asegurando que sería imperdonable que el PP pudiera de nuevo hacerse con el gobierno de la nación y, además, señalaba las “imposibilidades” para las izquierdas señalando los tres pasos -de lo tolerable a lo intolerable- que pondrían en marcha los poderes fácticos en cada caso. No repetiré lo ya dicho, puesto que el lector puede consultar las entregas previas. Sin embargo, ahora nos encontramos en un impasse que puede hacer inviable una investidura y, de hecho, lanzarnos al fracaso democrático implícito que sería la convocatoria de nuevas elecciones.

Una despedida de los informativos archiconocida reza de esta forma: “así son las cosas y así se las hemos contado”. He aquí la máscara de la desinformación, toda vez que ni las cosas son así, es decir, no son objetivables, ni tienen una sola lectura; ni, en consecuencia, su relato puede ser verídico. Lo único válido de la frase es que “algo se cuenta” (se narra, se relata… se ficcionaliza). Pero la frase de marras esconde algo mucho más importante: se intenta pasar por cierto aquello que está condicionado por un punto de vista subjetivo (como no podría ser de otra forma en ningún caso). El analista honesto no puede enfrentarse al mundo real entendiendo que este es de naturaleza unívoca y despreciando las múltiples interpretaciones que conlleva en su propia esencia, determinadas, eso sí, por el punto de vista que quien hace las reflexiones establece previamente.

¿Cómo salvar el problema de la subjetividad y no intentar transmitirla como una objetividad siempre imposible? ¿Cómo puede defenderse el lector y/o espectador de una doble falacia (“se lo contamos como es en realidad”) de estas características y permanecer inmune a la manipulación mediática? En ambos casos la solución pasa por la asunción de un punto de vista: el analista será honesto si, antes de plantear su visión de las cosas, indica desde qué lugar ideológico emite se enunciado; el espectador deberá establecer una relación crítica con el texto y aplicar su propio punto de vista en aras de una dialéctica que propicie la reflexión íntima fruto de la argumentación recibida, que podrá ser asumida o rechazada. Ambos puntos de vista entrarán en relación de igualdad y respeto mutuo. Por el contrario, si se introduce una información como verídica (supuestamente indiscutible), camuflando así el elemento enunciativo en origen, estamos de lleno en el terreno de la manipulación. Lamentablemente, esta segunda posibilidad es la que mayoritariamente asumen nuestros medios escritos y audiovisuales, intentando así condicionar el punto de vista sobre el mundo que los espectadores consideran válido y acaban asumiendo como propio.

Para no caer en la trampa, comenzaré haciendo patente mi punto de vista: no pertenezco a partido político alguno (la decepción viene de lejos y, a estas alturas, ya estoy curado de espantos) y nunca he sido votante de las derechas (incluyo en ellas al PSOE, amaestrado a partir de su asunción del poder en 1982). Mi voto ha ido siempre a Izquierda Unida, si bien no he compartido muchos de sus criterios y estrategias a lo largo de los años. En las elecciones del 20 de diciembre voté a Podemos-Compromís porque sabía que el voto a Izquierda Unida se perdía en gran medida y porque la coherencia que había visto en Compromís en los últimos años me permitía salvar las reticencias que me producía la apuesta de Podemos. Dicho lo cual, establecida mi posición, tengo plena libertad para argumentar mi reflexión posterior (el lector puede establecer sus propios criterios porque la información está nítidamente establecida desde una perspectiva ideológica)

Ahora que Pedro Sánchez está en el centro del problema y de la solución, conviene detenerse a pensar sobre lo que se ha hecho mal y, sobre todo, aquello que puede asumirse o no. Seamos sistemáticos:

  • El problema interno del PSOE, que pone en tela de juicio permanentemente a su supuesto líder, es de grueso calado. Antes de cualquier negociación, el comité ejecutivo ya dictaminó que nada debía pactarse con los nacionalistas, cuya abstención sería imprescindible. Con la boca pequeña, era evidente que tampoco querían nada con Podemos (sí sus votos, pero no su entrada en el gobierno o un programa más allá de lo social que radicalizase la cuestión económica)
  • El PSOE sabía desde el primer momento que un acuerdo a dos bandas (Ciudadanos y Podemos) era imposible porque, aunque se coincidiera en algunas medidas sociales, la apuesta económica de Ciudadanos es claramente continuista con el PP. Sabiendo esto, mareó la perdiz hasta alcanzar el pacto con Ciudadanos que le ha conducido a ninguna parte, como era de esperar. La pretensión no era otra que contar in extremis con la abstención de Podemos (vamos, un cheque en blanco en aras del mal menor)
  • Podemos, por su parte, lanzó una OPA hostil al plantear su gobierno de coalición y el reparto de ministerios y funciones. Este planteamiento, que podría ser correcto desde una perspectiva postnegociadora, impidió en gran medida el acuerdo con el PSOE (yo, por mi parte, nunca pensé que pudieran acordar demasiadas cosas) y dejó al descubierto unas pretensiones que se ponían sobre la mesa fuera del tono, del lugar y del momento adecuados.
  • Tanto Sánchez como Iglesias cerraron filas e hicieron cada vez más difícil un acuerdo. No digamos nada con el inoportuno (aunque cierto) comentario de la cal viva. Roto un posible pacto por la izquierda, Sánchez cayó plenamente en brazos de Rivera y éste consiguió su objetivo prioritario: desarmar las posibilidades con Podemos y desplazar hacia el PP las opciones futuras (ahora su condición pasa solamente por la cabeza de Rajoy). La apuesta por una negociación con todos desde la suma PSOE-Ciudadanos es un auténtico sinsentido que tendrá consecuencias positivas para Ciudadanos (subida de votos en unas hipotéticas elecciones) y negativas para el PSOE y Podemos (bajada de votos y guerra de los medios contra la supuesta “izquierda” capitaneada por Iglesias)
  • Todo esto solamente ha servido para: a) frustrar las expectativas del electorado en un tiempo nuevo más limpio y sin mayorías absolutas; b) reforzar la posición de Pedro Sánchez en el seno de su partido y ganar tiempo así para afrontar los problemas internos; c) reforzar la posición mediadora de Ciudadanos, que acaba imponiendo sus criterios económicos continuistas; y d) deshabilitar la fuerza de Podemos y relegarla a una oposición de pataleo cada vez más perdida tanto en sus opciones tácticas (de medios) como estrategias (de fines).

En todo este entramado he dejado de lado al PP y a su líder, Mariano Rajoy, porque, de una parte, me importa un bledo (como se despide Rhett Butler en Lo que el viento se llevó) y, de otra, porque su posición no ha variado un ápice: no hacer nada. Conviene, no obstante, señalar que su táctica da ciertos frutos desesperantes porque, acusando a los otros de actuar como el perro del hortelano, camufla lo que realmente él mismo está haciendo de forma permanente. Me preocupan más su votantes, que mejor habría que denominar feligreses, porque, tapándose o no las narices, votan impertérritos al PP una y otra vez, cual suicidas en la última fase de un masoquismo exacerbado.

No parece posible que Rajoy consiga la investidura si, como todo parece indicar, Pedro Sánchez se mantiene al frente del PSOE. Aun así, no se pueden olvidar las múltiples presiones de los barones socialistas para que el PSOE deje gobernar a la lista más votada: les va en ello su poltrona posterior y las puertas giratorias, que peligran por los acuerdos establecidos con Ciudadanos. Tampoco parece posible que Rajoy se haga a un lado: es el jerarca (o cacique) y en el PP las cosas van de arriba hacia abajo y “palo y tente tieso”. Se mire como se mire, el asunto se va pudriendo. Entretanto, los medios atacan una y otra vez a Podemos para intentar rupturas y desestabilizaciones; posiblemente se basten solos, pero cada cual (El País es ejemplar en este sentido) pone lo que puede de su parte.

Desde mi perspectiva, creo que se han cometido errores de grueso calado:

  • Podemos debió esperar la apertura de negociaciones por parte de Pedro Sánchez e intentar convencerle de un pacto de izquierdas. Suavizando las posiciones, era viable incluso la abstención en su investidura, facilitando así un cambio frágil y “suave”, pero imprescindible. Luego, en el Parlamento, ya se dirimirían los acuerdos y la legislación para avanzar en lo social y poner las trabas que fueran posibles a la apuesta económica de Ciudadanos que, en esencia, no difiere de la del PSOE ni de la del PP.
  • Llegados al extremo de la petición de coalición por parte de Podemos, el PSOE se vió obligado a dar marcha atrás (si es que alguna vez había intentado el pacto de izquierdas) y abrazarse a Ciudadanos, dando así un salto al vacío.
  • Es evidente que, ante tal perspectiva, Podemos ya no podía en modo alguno aceptar apoyar a Pedro Sánchez y quedarse como convidado de piedra. Esto se hubiera visto como una claudicación.

Por tanto, errores de todos, salvo de Ciudadanos. Sin embargo, antes de llegar a la situación actual hubiera sido preferible la investidura de Pedro Sánchez, con las condiciones posteriores que se quieran, porque esto hubiera desmantelado al PP y quizás le hubiera llevado, además, a una crisis interna similar a la que en su día tuvo la UCD (no olvidemos que la financiación ilegal le habrá de pasar factura pronto o tarde: de hecho, me pregunto, ¿por qué no se le aplicaría la ley de partidos en cuanto todo quede demostrado, si llega el caso, y se iría de cabeza hacia su ilegalización?)

Entiendo que una propuesta como la que hago no es asumible para Podemos, pero es un mal menor. Creo que hay algo que no se ve, o no se quiere ver: Podemos no tocará poder estatal, o lo hará muy suavemente, aunque para ello haya que montar la gran coalición demandada por Rajoy. Las razones las he expuesto muchas veces. En ese caso, ¿qué solución tiene para poder llevar a cabo un cambio radical en nuestro país?: es una contradicción insalvable, porque, debería ganar las elecciones con mayoría absoluta (algo utópico e inviable) y, aunque así fuera, se impediría su asunción del poder porque los poderes fácticos reales aplicaría la línea 3 de la “democracia vigilada” (ver texto anterior de esta serie de colaboraciones). Sin embargo, como fuerza de choque, creciendo limitadamente y asegurando pactos puntuales, puede hacer mucho para la regeneración de este país y para el apoyo a los más desfavorecidos e incluso en la lucha contra la desigualdad. Eso es pragmatismo. La utopía es necesaria, pero hay que poner los pies en el suelo si se quiere estar en el mundo real.

La primera medida incontestable que debe asumir Podemos es que la izquierda debe ir unida a las próximas elecciones (sean estas repetidas, o nuevas); es decir, no se puede tolerar que un millón de votos de IU se pierdan por el camino. La correlación de fuerzas cambiaría radicalmente. La segunda cuestión irrenunciable es que debe propulsar la democracia interna al máximo y hacer gala de autocrítica: hechos y no palabras son ahora necesarios.

Todo esto, si se quiere, no es más que ilusión. En mi criterio, no se pueden cambiar las cosas desde dentro, pero el coste de hacerlo desde fuera es inasumible, así que apliquemos las enseñanzas de la historia y no dejemos en ningún caso que vuelva a gobernar el PP. Como mínimo, esa garantía sería la base de un cambio, aunque fuera limitado.

Habitualmente suelo introducir un motivo cinematográfico para apoyar mis reflexiones, y lo vengo haciendo al comienzo del texto. En esta ocasión cambio de lugar y lo propongo al final. Se trata del film La ley del mercado (La loi du marché, Stéphane Brizé, 2015), protagonizado por un excelente Vincent Lindon. La película visualiza retazos de la vida de una persona abocada a un vacío desesperante; para ello sigue los pasos de la sociedad impuesta por las leyes financieras y la crisis: de un trabajo confortable, el protagonista pasa a estar en paro; vienen los cursos de formación y los trabajos irrelevantes y temporales, hasta que finalmente acaba en unos grandes almacenes en los servicios de seguridad con la pérdida de toda si identidad profesional previa y sumido en la desesperación de no poder sacar adelante a su familia por los salarios de miseria y las vicisitudes de un trabajo que le hace ver en carne propia y ajena los efectos de la crisis en los compañeros, incluso con un caso de suicidio.

El film es una buena metáfora (o dos) de cuanto aquí he ido exponiendo porque, con una puesta en escena que privilegia un punto de vista aséptico y testimonial, se le da el protagonismo de la interpretación al espectador; no se condiciona, no se instruye, el tono es casi documental, y parece como si nada ocurriera cuando lo que está sucediendo queda en el interior del personaje y de nuestra comprensión lectora (transmisión por mera sugerencia). Sin embargo, segunda metáfora, al final el realizador intenta dar un paso adelante y cierra el film con un acto de dignidad y autoconciencia que es ejemplar, pero utópico y abocado al desastre y al cierre en falso de una degeneración de la vida social que se veía claramente como irreversible. Esperemos que nuestros representantes todavía encuentren una vía para no cometer el mismo error y, enmascarados en la mucha dignidad y sentido de la responsabilidad, generen el efecto inverso al deseado: colocar en el gobierno una vez más al PP y su estático líder. No nos merecemos tanta desdicha ni tanta (bip).


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