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¡Oído cocina!

celia-dubalCelia Dubal
periodista

¿Sabéis aquello de los experimentos con perros de un tal Pávlov? ¿Que si les daba comida tras el mismo sonido una y otra vez, al final, el simple sonido en cuestión haría salivar al can? Pues más o menos eso es lo que me ocurre a mí: si cada vez que enciendo la televisión aparecen programas gastronómicos en el más amplio sentido de la palabra (o sea, comida de todo tipo, sin escatimar en arcadas entre el personal, de vez en cuando), llegará un día en el que el simple sonido que produce el botón del mando a distancia cuando lo aprietas creará en mí la ansiedad por devorar cualquier cosa. Basta añadir que los programadores (esa especie astuta y veneradora de las cuotas de share) colocan siempre este tipo de programas en lugares estratégicos de la parrilla (¡Oh! ¿en serio? ¡Basta ya!) televisiva: a la hora de comer y a la hora de cenar.

Desde aquel añorado Con las manos en la masa hasta el sempiterno Karlos Arguiñano y su cocina pasando por programas de los más kitsch como el que presentaba la ex vedette Bárbara Rey junto a un lozano muchacho en la que fuera nuestra televisión pública y autonómica Canal 9, han sido muchos los programas en los que se explica la elaboración de recetas más o menos sencillas. Pero la televisión culinaria ha dado un estirón en los últimos años y, salpicada por toques del reality, nos ha deleitado con productos tipo Top Chef, Master Chef (y su versión infantil) o Deja sitio para el postre y otros tipo coaching como Pesadilla en la cocina (con un Alberto Chicote inspirado en su antecesor en la versión anglosajona Gordon Ramsey).

Pero mis favoritos son, sin duda, esos programas que llegan desde los Estados Unidos (los reyes del espectáculo también en formato televisivo), que se emiten por varios canales del a TDT y que te vuelven a congraciar con la comida ‘de toda la vida’, lejos de las esferificaciones o las deconstrucciones o el isomalt o el bidón de nitrógeno junto a la sartén de freír huevos (porque todos tenemos una sartén dedicada únicamente a es fin, ¿verdad?).

Adoro dos por encima del resto: Man v. Food (o Crónicas carnívoras en su doblaje al español) y Comida sobre ruedas. En el primero, un tío que, según su presentación, ha trabajado de todo en el mundo de la hostelería, se dedica a viajar por todo el país probando la comida típica de cada región a través de sus bares y restaurantes más auténticos. Patatas fritas, bocadillos imposibles, nachos, hamburguesas, macarrones con queso, batidos, pizzas… la Comida con mayúsculas hecha espectáculo y, por si fuera poco, en cada programa intenta conseguir un reto de los muchos que, parece ser, hay desperdigados por la geografía norteamericana: comerse bocadillos de 2 kilos y medio; 7 trozos de sushi a cada cual más picante que el anterior; beberse 15 batidos… un programa-paraíso para los que nos gusta comer con las manos. Comida sobre ruedas lleva este concepto al extremo: se trata de pequeños reportajes sobre los camiones que venden comida por el mundo y cuyos clientes, generalmente, no necesitan usar cubiertos, lo cual no es óbice para que se ofrezcan todo tipo de manjares de lo más variado y suculento.

Explicaba estos dos programas para quien no los hubiera visto nunca porque últimamente me parece que ha llegado a obsesión el gusto que tiene la televisión española por los programas culinarios de cualquier tipo. Más bien, la obsesión de la audiencia española (que es a quien se deben las televisiones). ¿Será por aquello de que cocinar y comer son disciplinas en las que, como en el fútbol, los españoles destacamos por nuestros amplios conocimientos heredados genéticamente? Si (creemos que) sabemos de algo, podemos opinar, criticar y decir tantas veces como queramos aquello de “eso lo hago yo cien veces mejor”.

Y así es, ¿cómo no vamos a opinar sobre algo que llevamos haciendo toda la vida? La televisión culinaria tiene que tener audiencia por castigo. En mi opinión, la… el… perdón, lo que quería decir era que… ¡Arf, arf, arf! ¡Maldita sea! ¡Alguien encendió la televisión!

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