Megaupload y compañía

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JUAN FERRER. Economista

Durante una semana he llevado en la cabeza la tentación de escribir sobre el cierre de MEGAUPLOAD y repasar los cimientos de esta sociedad que se indigna cuando los que no pagan son LOS OTROS.

Hoy en una publicación aparecen simultáneamente una opinión, la de Lluís Cucarella, y una crónica, de Alfons García., ambos periodistas

La primera viene a decir, sensatamente, que el cierre de Megaupload señala que la gente en la red está dispuesta a pagar por los contenidos, otra cosa es quién los cobra.

La segunda viene a decir, que los primeros que no pagan el canon de los derechos de autor, en este caso por los préstamos de libros en las bibliotecas, mayoritariamente públicas, son las propias administraciones, que las rigen.

Ambas aserciones son ciertas, pero requieren alguna matización.

La primera es absolutamente cierta, todos estamos dispuestos a pagar por los contenidos, lo que no estamos dispuestos es a que nos tomen el pelo.

Quien suscribe pronunció en la segunda mitad de 1995 una conferencia en la el hotel Alameda Palace promovida por Digital Equipment Corporation-España, en la que se anunciaba un nuevo modelo de distribución de la producción cultural de todo tipo, que adelantaba en seis años lo que sería iTunes. Todavía conservo la placa/metopa con la que fui recompensado.

¿Porqué si “el personal” está dispuesto a pagar no lo hace en donde “toca”?. Pues muy sencillo, porque los precios no son de mercado. Una vez mas todo el mundo reclama la retribución del mercado y el derecho a percibirla, pero en cuanto puede se “procura” una gabela sobre la sal.

Un disco completo comprado en iTunes cuesta lo mismo que comprado en un comercio, pero hay diferencias. En el comercio me dan el soporte, me lo dan grabado con la información correspondiente, con una caja y unas carátulas, unas veces debidas al diseño de un artista, las mas de las veces no, pero impresas. Hay una producción de ejemplares, que se acumulan en los almacenes de distribución, que se movilizan por transporte terrestre o como sea, hasta llevarlos al punto de venta final. Allí se exponen un local que tiene un coste y atendidos por un personal que también lo tiene. Se hace la audición/visionado y se decide, en ese céntrico local y con ese servicio personalizado de los dependientes. Los costes de almacenamiento corren por cuenta de toda la cadena de distribución y las comunicaciones para hacer los pedidos también.

En iTunes y similares, nada de esto corre por cuenta del distribuidor, sino por cuenta del cliente: el transporte, el adsl, el soporte, la impresión de la carátula e información, la caja, la impresión sobre la capa del disco, el ordenador que lo graba y la impresora que imprime, et. etc…..

No hay costes de almacenamiento para la predistribución ni transporte físico del soporte ….. No digamos ya de la imagen en donde ni la sala ni las butacas ni el espacio los pone el exhibidor, tampoco las cintas etc. etc.

Es cierto que la distribución “on line” o “streaming” precisa de unos equipos y tiene unos costes, pero no son comparables a los relatados cuando la distribución tiene un soporte material.

Lo que la industria audiovisual ha olvidado, o nunca ha sabido, o prefiere ignorar, creo que esto último es mas exacto, es que la codificación y las Tecnologías de la Información y Telecomunicaciones (TIC), hacen de la producción cultural un bien de “provisión pública”:

1.-La oferta es conjunta. Todo el mundo puede acceder a lo ofrecido.

2.-El consumo no es exclusivo. Al contrario de un bocadillo de jamón en donde lo que otro se come no lo puedo comer yo.

3.-El coste marginal es cero, salvo en la saturación.

Es ahí en donde residen las enormes y tremendas economías de, que las nuevas modalidades de distribución de la producción cultural y sobre todo sus propietarios, no trasladan a los usuarios, se las apropian unilateralmente, resultando en definitiva en una estafa al consumidor final por el que nadie ha movido, hasta ahora, un dedo.

Lo apropiado sería que se cobraran los derechos de autor y el coste proporcional del “alojamiento” de la obra en los ordenadores de la distribución y un beneficio, ajustado a la rentabilidad del mercado para el montante del capital dispuesto, Tal vez un plus para alentar la innovación, pero nada mas.

La crónica de Alfons García. Plasma que los derechos de autor para las bibliotecas públicas son de 20 cts. De euro por ejemplar adquirido con independencia del número de préstamos que la obra tenga. Tomemos esto como base y revisemos los costes de las infraestructuras de distribución. El resto entra en el terreno del abuso.

Hasta hoy a nadie se le ha impedido que prestara el libro, CD o DVD que ha adquirido a un amigo o familiar, eso es MEGAUPLOAD, la diferencia es simplemente la capacidad de préstamo/intercambio masivo que las TIC permiten. El hecho es el mismo, cambia la “masividad”/economías de escala, hoy posible. Del lado de los distribuidores ocurre otro tanto, no aplican en su margen comercial los efectos de la “masividad” que las TIC permiten y proporcionan.

Como Cucarella concluye, mientras ambos lados del problema no quieran ver la diferencia con respecto a la situación “Gütemberg” anterior, no hay solución.

Pagar, si pero ni dos veces ni desproporcionadamente, mientras este equilibrio no se encuentre/arbitre la cuestión no tiene solución.

Los usuarios han probado ya su madurez, FILMIN es un ejemplo, ahora la tienen que demostrar los distribuidores, los auténticos parásitos y vultúridos en este asunto/negocio.

Los distribuidores de contenidos utilizan al creador para resolver favorablemente su “hiperbeneficios”, dejándolo en la cuneta a la hora de la distribución de los ingresos.

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