Las tortugas eran un alimento complementario en la dieta humana hace 400.000 años

Tortugas
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El CENIEH lidera un estudio publicado en la revista ‘Quaternary Science Reviews’ sobre el descubrimiento de marcas de procesamiento humano sobre restos de caparazón y huesos de tortuga en el yacimiento israelí de la Cueva de Qesem

CENIEH/DICYT A la brasa, hervidas o salteadas, el consumo de tortugas se ha asociado siempre a las exóticas culturas del Lejano Oriente, donde la sopa de tortuga se considera una delicatesen. También se suele vincular a las aventuras de los marineros del siglo XVI y XVII, o incluso a las tribus del Brasil central, como los Kayapó. Sin embargo, su consumo se remonta a cronologías muy antiguas, según evidencia el artículo que se acaba de publicar en la prestigiosa revista Quaternary Science Reviews por un equipo internacional liderado por la Dra. Ruth Blasco, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), que recoge los descubrimientos efectuados en el yacimiento israelí de la Cueva de Qesem, muy cerca de Tel Aviv, según el cual los grupos humanos de hace 400.000 años incorporaron las tortugas como parte complementaria en sus dietas.

El equipo de investigación, del que forman parte los directores del proyecto de excavación de Qesem, Ran Barkai y Avi Gopher, del Departamento de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv (TAU), encontró fragmentos de caparazón y huesos de las extremidades de tortuga con marcas de corte, fracturación intencional y signos de cremación en varios niveles de la secuencia estratigráfica, lo que indica que estos reptiles no fueron consumidos una sola vez, sino que su explotación se produjo en más de un episodio durante los 200.000 años de formación sedimentaria del yacimiento.

Las marcas de carnicería y especialmente los patrones de cremación diferencial en el caparazón apuntan a que la mayoría de las tortugas fueron asadas dentro de su propio caparazón, directamente sobre las brasas, para después ser fracturadas y descarnadas con la ayuda de herramientas de sílex. “Este descubrimiento añade una nueva dimensión al conocimiento del comportamiento de los grupos humanos del Levante, con los patrones de cocina como un aspecto cultural mucho más arraigado de lo que conocíamos hasta la actualidad”, comenta Ruth Blasco.

Gran espectro de recursos

Además este descubrimiento representa una prueba directa del amplio espectro de recursos que los grupos humanos del Oriente Próximo utilizaban en el Pleistoceno Medio, a la vez que denota la elevada capacidad de estos homínidos para adaptarse al medio y a las posibilidades que les ofrecía.

Los habitantes de Qesem cazaban sobre todo ungulados, como gamos, ciervos, caballos y grandes bóvidos, los cuales concentrarían la parte principal de su menú diario. No obstante, también se incluían puntualmente algunos pequeños animales como alimento complementario en sus dietas, hecho de suma importancia, ya que hasta hace poco los humanos anatómicamente modernos parecían ser los únicos en haber ampliado su dieta con animales de talla muy pequeña, como conejos, tortugas o pájaros, además de vegetales.

En este sentido, el profesor Barkai explica que a partir de los análisis de cálculos dentales en algunos restos humanos encontrados en el yacimiento, “sabíamos que los habitantes de Qesem también consumían vegetales, y ahora podemos decir que también comían tortugas, las cuales fueron recogidas, procesadas y asadas, a pesar de que no proporcionan tantas calorías como otros animales de mayor tamaño, como por ejemplo el gamo”.

En este artículo titulado “Tortoises as a dietary supplement: A view from the Middle Pleistocene site of Qesem Cave, Israel” también han participado Jordi Rosell y Pablo Sañudo de la Universitat Rovira i Virgili y el IPHES (Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social) de Tarragona, Krister T. Smith y Lutz Christian Maul del Senckenberg Research Institute y del Natural History Museum de Alemania.

“Ahora estamos examinando los huesos de aves recuperados recientemente en este yacimiento en busca de evidencias tafonómicas que indiquen qué agente o proceso los ha depositado en la cueva”, concluye Blasco.


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