Las tintas que usó Cervantes (II)

Sin analizar químicamente los escasos manuscritos que se conservan de mano de Miguel de Cervantes es imposible saber qué ingredientes empleó para componer La Galatea, los Trabajos de Persiles o las aventuras del mismísimo hidalgo Don Quijote. Sin embargo, gracias a la gran cantidad de recetas conservadas en manuscritos de la época y a las numerosas fuentes impresas, sí podemos hacernos una idea de qué tintas permitieron a Cervantes llevarnos de viaje al Parnaso. De hecho, los enigmas de la fabricación de tinta debieron ser poco misteriosos en su casa, pues tanto su abuelo -letrado y abogado- como su padre –cirujano- debieron hacer uso de ellas a diario. Krzysztof Sliwa y Daniel Eisenberg, en su artículo El licenciado Juan de Cervantes, abuelo de Miguel de Cervantes Saavedra enumeran sus cargos: abogado en pleitos y causas en Córdoba, corregidor en Alcalá de Henares, Alcalde Mayor Interino de Córdoba y corregidor en la misma ciudad en 1517, además de otros cargos en Cuenca, Alzadas y Guadalajara. Mut Calafell, uno de los investigadores más prestigiosos en el estudio de la melantolonotecnia antigua, señalaba que, teniendo en cuenta la gran cantidad de recetas que aparecen entre los manuscritos de notarios y escribanos, curias institucionales, eclesiásticos, familias cultivadas y en manuales de calígrafos y escribanos, no era raro pensar que ellos mismos prepararan su tinta (BNE SDB 676 JOR, pág. 105). Los fondos de la Biblioteca Nacional dan fe de ello y encontramos recetas de tinta negra entre las páginas de textos de carácter religioso –Mss/5300, Mss/5491, Mss/9028, Mss/17866 y R/39006-, de derecho –Mss/6772– o de personajes relacionados con el mundo del libro –Mss/9226 y Mss/12761-.

Volviendo a Córdoba, aunque algunos años antes de la actividad de Juan de Cervantes, se conserva esta receta, transcrita por Alicia Córdoba, anotada en 1474  entre las hojas de uno de los protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial: “Para facer tinta buena // Toma vna olla de vn asunbre e echalde tres quartillos de agua e echalde dos honças de agallas bien quebradas et contia[i] de vna honça de cascaras de granadas agras[ii] sy las oviere o sy non sean de granadas duses[iii] e esten en remojo contía de ocho dias e despues conseldas[iv] sobre fuego de carbon muy manso quanto escomience a feruir e non mas e despues dexaldas esfriar e des que fuere bien fria secaredes las agallas coladas e espremidas e echadlas fuera y tomad dos honças de buen [acije[v]] e moleldo e echaldo en vna haltamia[vi] e cobrildo en agua e este fasta que sea desfecho e echaldo en el agua de las agallas [meçello] muy bien e dexaldo asentar [vn dia] e despues colaldo con vna vedija[vii] de lana […ida] en otra olla e en lo colado [echaredes] vna honça de buena goma e dende a dos dias sera fecha”[viii]. (AHPCO_13665P_0002).

En 1553, cinco años después del nacimiento de Miguel de Cervantes, Juan de Icíar publica su tratado “Arte subtilissima, por la qual se enseña a escreuir perfectamente”, obra pionera en la caligrafía española y que será referencia para escribanos, impresores y artistas y marcará el desarrollo de la pedagogía española hasta el siglo XIX como se mostró recientemente en la exposición “Caligrafía española. El arte de escribir“. En el capítulo dedicado a los instrumentos necesarios al buen escribano, Icíar explica las características que ha de tener el buen atramento “la tinta quanto mas negra fuere será mejor. Requiere tener la goma por tal medida que ni la mucha la haga espessa y tenaz ni la poca sea ocasion que corra demasiado y no tenga lustre. Por que ansi lo uno como lo otro es muy grande y enojoso impedimento para hacer buena letra […] Por evitar estos y otros inconvenie[n]tes, los que desta arte se precian, acostumbran hazerse ellos mismos la tinta, y assi la tienen a su voluntad, y muy buena, y a menos costa, por mas de la metad del precio de a como se vende en las tiendas” (R/3591, fol. 67) y pasa a proponer una receta de tinta para papel, otra para pergamino y una tercera de color rojo[ix]. Además, Icíar hace recomendaciones sobre el tipo de papel y la selección, preparación y corte de la pluma.

De los años en la que se conservan testimonios del paso de Miguel de

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Cervantes por Montilla, Miguel Ángel Sánchez Herrador recoge esta otra, anotada en la hoja de guarda de un impreso de 1592, conservado en la Biblioteca de los Jesuitas de aquella ciudad: “A cada açumbre de vino blanco q. sea bueno se an de echar cinco onças de agallas las mas peqñas. y pesadas q. se hallaren y quatro onças de la caparrosa y dos de goma arabiga ; las agallas se an de partir no en pedaços muy menudos sino grandes y echar se an en el vino por espacio de ocho días teniendo cuidado de menearlas dos veces cada dia con un palo de higuera; Pasados estos ocho dias se pondra a cocer el vino hasta q. hierva y luego se colara de manera q. no queden en el ningunas agallas y se le echara el alcaparrosa que estara bien molida y cernida por un çedaço espeso y despues de esto la goma arabiga de la misma manera molida pero ambas se an de ir echando poco a poco meneando mientras se echan con el palo de higuera y despues se pondra ocho dias al sol y se meneara algunas veces.[x] (BJM CO-BD 16/000.378).

Por otra parte, Rodrigo de Cervantes, padre de Miguel fue cirujano de cuota, es decir, ejerció la medicina sin titulación siguiendo las enseñanzas de su abuelo materno. Entre los quehaceres de su oficio entraba el aplicar bizmas, poner emplastos y también el de ejercer la cirugía menor[xi]. En el desarrollo de su profesión, por tanto, debió estar al tanto de diferentes textos médicos entre los que se encontraban los famosos “libros de secretos”,  gran éxito editorial entre los siglos XVI y XVII. Del más famoso de ellos, el Libro de los Secretos de Alejo Piamontés, del polígrafo italiano Girolamo Ruscelli, se llegaron a publicar más de cien ediciones en italiano, francés, inglés, castellano y latín. La obra conoció en España, al menos, 15 ediciones de las cuales se conservan, en la BNE, siete. Consta de 350 recetas probadas -según el autor- por todo tipo de expertos: médicos, amas de casa, nobles y monjes y se pueden clasificar en cinco materias diferentes: medicinales; de belleza e higiene personal; culinarias; labores domésticas y de artes y oficios. Así encontramos los secretos más variados: ungüentos para evitar la caída del pelo o el mal aliento, para que las legumbres cuezan rápido, remedios para las almorranas, la peste o el mal francés, polvos para enrubiar los cabellos o ennegrecerlos pasando por cómo conservar los melocotones o un método para fabricar el bórax empleado por los plateros. Las recetas sobre tintas están relacionadas con el arte de la miniatura y se encuentran en el Libro V de la primera y tercera parte, estando la segunda dedicada casi exclusivamente a la descripción de la fabricación del azul lapislázuli. No obstante, también encontramos algunos secretos sobre las tintas de escribir: “Otra manera para hazer tinta para escrivir, y pueden hazer gran cantidad, y presto, y con poca costa, y será perfecta. Y también tinta de imprimir libros y para estampar con planchas de metal. // Tomad tinta de la con que tiñen los cueros, que puede haber mucha por poco precio, y tomad hiel de xibia o sepia pescado, que por lo mismo costara casi nada, principalmente en tierras marítimas como Venecia, que os darán un cantaro de dicha hiel por tres o quatro marcelinos, y comiendo el pescado podeys  guardar la hiel cada vez. Mezclad la dicha hiel de xibia con la dicha tinta de çurradores, que sin otra cosa será muy buena. Si la quereys mejorar, echad de los dichos polvos de carbón, de caparrosa, de agallas y goma. Y esta tinta será también buena para imprimir con estampa de cobre, ayuntandole un poco de barniz y un poco de azeyte de linoso, de suerte que esté corriente es si para poder penetrar en las cortaduras de la emprenta o estampa, y pegajosa para tenerse sobre el papel sin esparcirse o estenderse, que no haga la letra babosa. La tinta de imprimir letras se haze con solo humo de tea […], y se destempla con barniz claro, y se cueze un poco haciendo la mas clara y mas liquida, según la necesidad, porque en el invierno ha de ser mas liquida, y en el verano mas dura, y siempre la mas dura haze mas linda la letra, mas negra, mas limpia y mas luziente, empero en qualquier manera se ha de mezclar siempre muy bien. Y para hazer liquida como he dicho se echa mas azeyte de simiente de linoso, o de nuezes, para hazerla dura se echa menos azeyte y mas humo y se hierve mas. Si la quereis hacer colorada, tomad en lugar del humo el vermellon bien molido, y para verde, el cardenillo, para el azul como ciertos años atrás usavan, tomad azul de Alemania, o de esmalte de vidrio, que hacen al presente en Venecia”. (BNE U/8847, fol. 129)

La vida de Cervantes fue, entre otras, la de un viajero. Bien por su

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carrera militar, bien por sus actividades fiscales, realizó numerosos viajes que le llevaron a Italia, Corfú, Túnez, Argelia, Lisboa y, en España, por Andalucía, Valencia, la Mancha, Castilla, Madrid… Entre tanto viaje es muy probable que no hiciera uso de tintas líquidas, difíciles de mantener en buen estado y que utilizara las que se podían preparar en el momento con poco esfuerzo. Estas se conservaban molidas y secas en saquitos de cuero y, en el momento de la escritura, se mezclaban con agua, vino o vinagre. De estas tintas portátiles, Juan Vázquez del Mármol nos propone un secreto tomado de Alejo Piamontés: “Toma cuescos[xii] de priscos[xiii] ó duraznos ó albaricoques con sus almendrillas, almendras dulces ó amargas con que tengan la cascara dura y este el almendra dentro (tambien son buenos sin las almendrillas pero muy mejores con ellas). Toma pues todas estas cosas ó las que pudieres dellas y ponlas a quemar sobre carbon y cuando esten bien encendidas y hechas ascua quitalas del fuego y assi hechos carbones muy negros los guardaras en una olleta. Toma assi mesmo resina de pino y echala por una olleta y hazla encender. Despues toma otra olleta ó saquillo que este abierto con unos palillos en cruz y ponlo boca abaxo sobre la dicha llama de resina, de suerte que el humo de la resina se recoja y pegue alrededor desta sarten ó ollas ó saco. Y cuando toda la resina estè quemada y se aya enfriado haras con todo el dicho humo sobre un papel ó tabla ó otra cosa y guardala. Mas si no quieres tomar trabajo de hacer este humo compralo de los impressores que lo hacen para su tinta. // Deste negro ó humo tomaràs la parte que quisieres y otra parte de los carbones de cuescos arriba dichos, otra de caparrosa, dos partes de agallas quebrantadas y 4 partes de goma araviga. Todas estas cosas bien molidas y cernidas y mezcladas unas con otras las guarda en un saquillo de lienzo ó de cuero, que mientras mas añejos estuvieren mejores seran. Queriendo aprovecharse dellos para hacer tinta, toma unos pocos y destièmplalos con agua, ó vino, ó vinagre. Lo cual si se echare caliente sera mejor la tinta. Si tienes tinta ruyn, echale unos pocos destos polvos y se bolvera muy buena, muy negra, y reluciente” (BNE Mss/9226, fol. 161).

En 1599, Cervantes, ya en libertad, reside en Sevilla. En Madrid, Ignacio Pérez publica el Arte de Escrevir con cierta industria, un breve tratado en la línea del de Icíar en el que se incluyen capítulos sobre el papel, las plumas y, como no, de “como se hará tinta fina, de agua, o vino, al sol o a la lumbre, para invierno, ó verano“.  En el capítulo VIII, trata “de la conservación del tintero en verano, è invierno y que algodones ha de tener: Para conservar el tintero en verano, que no estè espesso, y en invierno que esté negra la tinta, cosa tan necessaria para escrevir bien, se ha de tener cuidado que en verano ha de tener el tintero menos algodones que en invierno. El que fuere curioso, tendrá dos algodones para remudar, de suerte que lavando con vino blanco los que estuvieren muy espesos, apretados y esprimidos, se pongan en una cosa humeda, para que no se sequen demasiado, y pierdan el vino que tomaron, y con los otros que estuvieren desta manera, renovar el tintero, de forma que siempre estè la tinta suelta y corra. En invierno tendrá mas algodones el tintero, para que conserve mejor la tinta, son mejores de seda por torcer muy delgada, que llaman maraña, los ordinarios de calças de seda desechas no son tan buenos, porque como los de maraña son mas sutiles, no dan lugar a que la tinta tenga tanto cuerpo” (BNE R/1114, fol 15vº).

Como cualquier escritor del Siglo de Oro, Cervantes tuvo a su disposición un buen número de recetas de tinta, manuscritas e impresas. Pudo comprar a boticarios, libreros o impresores cuanta necesitara, pero también es muy probable que él mismo las hiciera como, tal vez, habría visto hacerlas a su padre quien, a su vez, lo habría aprendido del suyo. Porque, afortunadamente, el secreto de hacer tinta nunca fue tal. Se transmitió desde la antigüedad clásica hasta la actualidad en anotaciones cogidas al momento en cualquier soporte -una hoja de guarda, un margen en blanco o en un pequeño recorte-; en cuidadosas ediciones o apuntados al dictado en diarios que, gracias a las bibliotecas y archivos, han llegado hasta nosotros. Incluso hasta las más excéntricas como la citada por Bouza[xiv]: “Toma polvos de cristal y los rabillos de los gusanillos que relucen de noche llamados luciernagas y rebuelbelos con clara de huevo y escribe en un papel lo que quisieres y dexalo secar que no se podra leer sino de noche a escuras”. (BNE Mss/9226, pág. 99).

Para saber más.

Contreras Zamorano, Gemma María. La tinta de escritura en los manuscritos de archivo valencianos, 1250-1600. Análisis, identificación de componentes y valoración de su estado de conservación. Tesis doctoral presentada en la universidad de Valencia, 2005. Disponible enhttp://roderic.uv.es/bitstream/handle/10550/48189/TesisGCZ.pdf?sequence=1&isAllowed=y.

Criado Vega, Teresa. Tratados y recetarios de técnica industrial en al España medieval. La Corona de Castilla, siglos XV – XVI. Tesis doctoral presentada en la universidad de Córdoba, 2013. Disponible enhttp://helvia.uco.es/xmlui/bitstream/handle/10396/8628/2013000000666.pdf?sequence=1

Kroustallis, Stefanos, “La tinta negra ferrogálica: a propósito de sus fuentes”, en V Congreso Nacional de Historia del Papel: Actas, 2003, Girona [Sarrià de Ter] : Ajuntament de Sarrià de Ter, [2003] págs. 579-584.

Kroustallis, Stefanos, “Escribir en el siglo XVI: Recetas de la tinta negra española”, en Torre de los Lujanes: Boletín de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, nº 48, 2002, págs. 99-112.

Mut Calafell, Antonio, “Fórmulas españolas de la tinta caligráfica negra de los siglos XIII a XIX y otras relacionadas con la tinta (reavivar escritos, contra las manchas y goma glasa)”, en El papel y las tintas en la transmisión de la información: primeras jornadas archivísticas. Palos de la Frontera: Diputación Provincial de Huelva, 1994, págs. 103-183.

Zerdoun Bat-Yahouda, M. 1983. Le encres noires au Moyen Âge (jusqu’à 1600). París: CNRS Editions. 1983.

Agradecimientos

Ana María Chacón y Miguel Angel Sánchez Herrador me facilitaron generosamente la transcripción de las recetas cordobesas. Javier Tacón, Mariano Caballero, Gemma Contreras y Luis Crespo corrigieron los errores del primer manuscrito.

[i] En desuso, cantidad.

[ii] En desuso, ácida.

[iii] Dulce, madura.

[iv] Cocerlas.

[v] Sulfato de cobre, cinc o hierro, caparrosa.

[vi] Altamia. Cuenco de pequeño tamaño, sin asas, empleado para contener líquidos.

[vii] Mechón enredado.

[viii] En medidas modernas, 1,5 l. de agua, 57 gr. de agallas, 29 gr. de cáscara de granada ácida, 57 gramos de caparrosa y 29 gr. de goma arábiga.

[ix] Esta última se realiza con palo del Brasil, vino blanco, vidrio molido, alumbre, cal viva o hueso de sepia molida, grana molida y goma arábiga.

[x] 2 l. de vino, 143 gr. de agallas, 115 gr. de caparrosa, 57 gr. de goma.

[xi] <https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Rodrigo_de_Cervantes&oldid=91777052>.

[xii] Hueso de la fruta; p. ej., el de la guinda, el durazno, etc. (DRAE)

[xiii] Nombre genérico de varias especies de árboles, como el melocotonero, el pérsico y el duraznero. (DRAE)

[xiv] La receta aparece en el folio 99 del Mss/9226 y es citada por Fernando Bouza en “No puedo leer nada”: El Corrector General Juan Vázquez del Mármol y la cultura escrita del Siglo de Oro, en Syntagma: Revista del Instituto de Historia del Libro y de la Lectura, nº. 0, 2002, pág. 19.


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