La España imposible

Gil-Manuel Hernàndez i Martí.Gil-Manuel Hernàndez i Martí

Sociólogo e historiador.

Profesor Titular del Departament de Sociologia i Antropologia Social de la Universitat de València.

Quizás podría haber sucedido de otro modo. Quizás, si en algún momento de la segunda mitad del siglo XIX la opción federal hubiera triunfado, hoy España sería otra cosa. Pero no sólo no triunfó sino que se afianzó un modelo de Estado corrupto en su mismo origen, un Estado que se convirtió en la expresión de unas oligarquías caciquiles, autoritarias e intransigentes, amigas del centralismo extremo y la represión ante cualquier movimiento social que pusiera en aprietos al régimen de la Restauración borbónica. Después, como ya sabemos, el intento de cambiar las cosas por parte de la Segunda República fue frustrado, una vez más, por la hidra reaccionaria de la España profunda y oscura, de modo que el franquismo que vino después acabó la obra y consagró la España Una.

En este contexto quedó demostrado el problema de España, que es tanto como decir del Estado español, que no es otro que la negación de la pluralidad y la imposición de la uniformidad. Históricamente, y hasta la Guerra de Sucesión, España no existió como tal, sino con plural, como “las Españas”, una expresión que servía para designar todos los territorios, reinos o estados que tenían su solar en algún trozo de la vieja Hispania romana. El problema fue que uno de estos estados, aparentemente Castilla, pero realmente Madrid – esa nación nunca declarada – se ocultó bajo la bandera de conveniencia de “España” y así pudo asumir el mando y comenzar a ejercer su monolítico dominio. Lo hizo a partir de 1707 con el modelo del absolutismo y a partir de 1812 mediante la fórmula del nacionalismo moderno.

Como consecuencia, las otras Españas fueron minimizadas, cuando no directamente anuladas o folklorizadas como simples “complementos” de la identidad fuerte castellana y madrileñocéntrica, que se convirtió en el núcleo duro de la “esencia” de la “nación española”. Los nacionalismos catalán, vasco o gallego se interpretaron como “problemas de encaje” en la España “de verdad” y el mismo Régimen del 78 se concibió como lo máximo a lo que estaba dispuesto el orden de los “no nacionalistas constitucionales”: autonomía para los díscolos pero también para todos, es decir, autonomía a cambio de disolver el propio concepto de autonomía. Pese a todo, resultó que la voluntad nacional de algunos pueblos no pudo ser erradicada, y no lo fue porque la España Una se negó en redondo a establecer un orden de las Españas, pues reconocerse en plural parecía que anulaba la singularidad dominante y ponía en peligro la “unidad de la patria”.

Los resultados están a la vista. Algunas voces hablan de la “torpeza” de los gobiernos españoles en no haber sabido flexibilizar el Estado en clave realmente plural. Pero no ha existido tal torpeza, sino tan solo una imposibilidad absoluta, cuasi genética, de reconocer plenamente la diferencia en lo común compartido, una impotencia plasmada en la enfermiza obsesión por la supremacía de lo castellano-madrileño que, paradójicamente, y si nada cambia, pronto puede hacer que la España “intocable” se convierta en Ex-paña. No dirán luego que no hubo avisos ni oportunidades de rectificar.


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