Irak: familias huyen de Fallujah tras meses de violencia Imprimir

Valencia noticias |ACNUR/ Ed Ou. Rasmiyya, de 65 años, se limpia las lágrimas mientras recuerda cómo perdió una pierna. Ahora vive en una tienda de campaña en un campamento para iraquíes desplazados internos en Dhuha al-Rawii, en el distrito de Mansour, en la zona occidental de Bagdad.
BAGDAD, Irak, 23 de julio de 2015 (ACNUR/UNHCR) – Rasmiyya, de 65 años, dice que supo que finalmente tenía que escapar de Fallujah después de la operación quirúrgica en la que le amputaron la pierna derecha. Los meses de bombardeos del gobierno iraquí contra los insurgentes habían convertido el trayecto de 15 minutos a la consulta del doctor en un viaje en el que se jugaba la vida. Sin sus controles periódicos, la diabetes de Rasmiyya dañó los vasos sanguíneos de su pierna, que tuvo que ser amputada por encima de la rodilla.

b_400_275_16777215_0___images_stories_2015_Julio_iraq_23-07_familias_huyen_de_fallujah
image-211593
“No pude conseguir tratamiento”, dice Rasmiyya, apartando la mirada de su muñón vendado y escondido bajo su abaya. Esta mujer, de frágil figura, explica que durante semanas, y a medida que iba empeorando su estado de salud, su hijo Khudayir intentó encontrar la manera de hacerla pasar a través de los puestos de control y sacarla de la ciudad. Pero con la escalada de la violencia, los insurgentes cerraron las principales carreteras que salen de la ciudad, impidiendo así la huida de civiles.

Si bien hay partes de Fallujah, situada al oeste de Bagdad, en la provincia de Anbar, que están bajo control de los insurgentes desde hace más de un año, los nuevos enfrentamientos, que se han recrudecido después de que el gobierno iraquí lanzara una ofensiva en Anbar, han forzado a más de 250.000 civiles de toda la provincia a huir de sus hogares desde abril. Desde el comienzo de la crisis a principios del año pasado, más de un millón de iraquíes de Anbar han sido desplazados. De estos, cerca de 350.000 han acabado en la provincia de Bagdad.

En la semana anterior a la huida de Rasmiyya y su familia a principios de julio, la mujer dice que la seguridad se deterioró rápidamente en Fallujah. Si bien los sonidos de los combates y los bombardeos en la distancia se habían convertido en algo habitual, la violencia empezó a llegar a su vecindario por primera vez. “Un misil cayó a solo unas calles”, dice Rasmiyya, “incluso la casa de al lado de la nuestra fue destruida por la explosión”.

Durante meses, no había habido suministro eléctrico o bien funcionaba de manera intermitente, no había trabajo y los precios de los alimentos se habían disparado. Una bolsa de harina que antes costaba 12.000 dinares iraquíes, ahora cuesta 50.000, dice Khudayir.

“Quería traerla a Bagdad desde hacía semanas”, cuenta Khudayir, y explica que los insurgentes finalmente hicieron una excepción con su madre debido a su enfermedad. “Los insurgentes me dijeron: ‘llévate a tu madre, a tu mujer y a los niños, pero tú debes regresar’”.

Khudayir pagó al grupo insurgente un millón de dinares iraquíes, el equivalente a unos 900 dólares estadounidenses, por el paso de su familia y como garantía de su vuelta, pero Khudayir explica que, como único hombre de la familia, estando su mujer, su madre y sus hijos en Bagdad, se siente obligado a permanecer a su lado.

La familia de Khudayir ha encontrado cobijo en Dhuha al-Rawii, en el distrito de Mansur, en la parte occidental de Bagdad, un pequeño campo en el que 175 familias viven en tiendas construidas con lonas y estacas de madera sobre la tierra compactada, y cubiertas por esteras de plástico. ACNUR ha facilitado a estas familias y a otras miles que han huido recientemente de Anbar alojamiento y artículos de primera necesidad como colchones, mantas y bidones de plástico para almacenar agua y combustible.

“En tanto que ACNUR, tenemos dos preocupaciones principales”, explica Bruno Geddo, representante de ACNUR en Irak. “En primer lugar, que las personas desplazadas puedan acceder a un lugar seguro; y en segundo lugar, que puedan recibir ayuda suficiente para poder instalarse y construir un hogar en su nueva ubicación”.

“A veces, para los trabajadores humanitarios, la logística puede ser molesta. Pero, cuando te sientas con una familia y escuchas cómo nuestra asistencia les ayudó a superar la crisis del desplazamiento y adaptarse a una nueva vida, es en ese preciso momento cuando te das cuenta de que hay una historia detrás de las cifras”.

En circunstancias normales, el viaje en coche desde Bagdad a Fallujah, a unos 70 kilómetros, dura algo más de una hora. A Khudayir y su familia, el trayecto les llevó más de una semana. Volviéndose hacia el oeste antes de llegar a un paso fronterizo junto al río Éufrates, allí tuvieron que esperar durante días hasta que las autoridades les permitieron acceder a Bagdad.

Durante una parte del viaje, que transcurrió por carreteras secundarias para evitar la violencia en Amariyat Fallujah, la familia compartió las estrecheces de la parte trasera de una camioneta con otras cinco personas todo un día. El trayecto duró más de doce horas a través del desierto.

“Yo tenía mucho miedo”, dice Fátima, “y los niños también, se daban cuenta de lo que estaba pasando”. Mientras el esposo de Fátima se centraba en que su madre estuviera cómoda haciendo el viaje en una silla de ruedas, que tenía que subir y bajar de coches y camionetas, Fátima dice que ella intentaba calmar a sus hijos. Les decía: “no os preocupéis, yo estoy con vosotros”.

Cansados, sedientos y hambrientos, los miembros de la familia llegaron al campo de desplazados de al Rawii la noche después de que se les permitiera cruzar el Éufrates. “Todo lo que fuimos capaces de hacer cuando llegamos fue sentarnos y beber agua”, dice Fátima. Tanto ella como su esposo se muestran agradecidos por tener un lugar seguro donde quedarse de momento, pero admiten que incluso su futuro más inmediato es incierto. “No sabemos qué nos deparará el futuro”, explica Khudayir, “solo podemos confiarnos a Dios”.

Desde que llegó al campo, Rasmiyya ha podido recibir asistencia médica para su diabetes, visitando al médico cada tres o cuatro días. Tiene una úlcera en la pierna que aún conserva, pero la lleva recién vendada y dice que ya no siente dolor de manera constante. Pero su nuera explica que parece que el tratamiento no llegó suficientemente rápido.

“Ayer la enfermera nos dijo que tenían que cortarle la otra pierna”, explica Fátima, bajando la voz para que su suegra no pueda oírla. “Ella aún no lo sabe”, dice Fátima. “Simplemente, no he sido capaz de decírselo”.

Por Susannah George, en Bagdad.

Valencia noticias Noticias de Valencia, Castellón y Alicante Periódico, prensa digital valenciano, Noticies en Valencià, noticias nacionales e internacionales.

Leave a Reply

Your email address will not be published.