Historia de los “hooligans”, los violentos aficionados al fútbol inglés

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“La muerte ha arrojado su sombra sobre el estadio. Ha habido muerte y horror. Violencia. Y simplemente terror”.

Así describía un narrador deportivo las dramáticas escenas del llamado “desastre de Heysel”, un incidente ocurrido en el estadio de Bruselas de ese nombre en la final de la Copa Europea entre el Juventus italiano y el Liverpool inglés.

39 personas murieron después de que fanáticos del Liverpool cargaran contra los del Juventus, causando el colapso de un muro. Fue uno de los episodios más mortíferos de una época oscura en el fútbol inglés: una época marcada por el fenómeno de los hooligans.

La violencia en los partidos de fútbol a manos de pandillas asociadas a los diferentes equipos no era un fenómeno exclusivo de Inglaterra, pero fue tan fuerte y frecuente en esas latitudes que para los años 70 ya había sido bautizado como “la enfermedad inglesa”.

¿Qué explicaba este comportamiento agresivo y abiertamente antideportivo? BBC Mundo recuerda aquel capítulo oscuro de la historia del deporte de la mano de dos exintegrantes de bandas de hooligans que lo vieron y vivieron en la propia línea de fuego.

Lo “normal”

“Era la forma como se vivía el fútbol. Ibas al bar, te tomabas un trago, ibas al juego, tal vez tenías un enfrentamiento verbal o físico con otro club con el que te topabas en el camino. Era lo normal”, dice Doggie Brimson, quien a principios de los 70 era un joven hincha del Watford.

“Yo era un individuo típico. Ir al fútbol era un escapismo. Era como un mundo secreto. Estás lejos de tu casa y de tu familia, estás con un grupo de amigos, tus amigos secretos”.

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Tras los sucesos de Heysel, el gobierno británico se propuso poner a los hooligans bajo control.

¿Cómo empezaba todo? ¿Cómo era que un simple aficionado al fútbol terminaba envuelto en violentas, y a veces mortíferas, peleas de grupo contra el equipo rival en el estadio o en la calle?

Cas Pelans llegaría a convertirse en líder de una banda asociada al West Ham londinense. Pero aquella “primera vez” solo era un muchacho que se encontró en el lugar preciso en el momento indicado.

“Todavía estaba en la escuela, pero era alto y fuerte y podía juntarme con los más grandes. Fui a un partido en Wolverhampton. Después del juego vimos una trifulca en la calle. Habían lanzado a alguien a través del vidrio de una tienda. Fue horrible. Un nivel de violencia que nunca había visto”, recuerda.

“Soy negro, de origen jamaiquino. Llamé la atención y vinieron por mí. Cuando estaba corriendo para escapar de ellos me encontré con otra pandilla. Escuché el acento cockney (del este de Londres, de donde es el West Ham).

“Me preguntaron por qué estaba corriendo. Les dije que creía que los Wolvs venían atrás, con la intención de escapar de ahí. Pero ellos, en vez de correr la emprendieron en la otra dirección. Los seguí. Y para mi sorpresa, esta banda se ensarzó con los alborotadores.

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La policía pudo avanzar poco en el control de los violentos, al menos hasta que el gobierno optó por usar cámaras de circuito cerrado.

“Al poco rato, yo estaba metido en plena pelea. Y lo extraño es que la emoción era increíble. No puedo explicarlo. Entonces el líder vino y me dijo: ‘lo hiciste muy bien’. Y me dio un trago de whiskey, que nunca había probado en mi vida”.

Pelans dice haber tenido algo que no había tenido en toda su vida: “la camaradería, el pertenecer, casi tener otra familia”. Entonces la violencia hooliganse convirtió en un “modo de vida”.

“Adictivo”

Brimson experimentó unos sentimientos similares una ocasión en que apoyaba a su equipo en un encuentro en la ciudad de Coventry.

“Al tope de las gradas había una mafia del equipo completo. Fue una pelea masiva, es difícil de describir. Básicamente les plantamos cara. Debemos haber sido unos 15 de nosotros contra 40 o 50 de ellos. Sencillamente nos paramos y peleamos. De pronto escuchamos la sirena policial en la distancia. Ellos corrieron y nos dejaron. En cierta forma, ganamos. Eso hizo crecer nuestra reputación”, narra.

“Te sientes frenético por semanas -añade-. Todavía siento una cosquilla cuando pienso en eso. Quieres tener más y más, porque se vuelve excitante, es adictivo”.

“De repente -coincide Cas Pelans- tienes una nueva sociedad, un nuevo equipo, porque uno crece con las reglas de otros, las de tus padres, las de la escuela. Y de pronto tú estás haciendo las reglas”.

Organizado

Para los años 80, el hooliganismo se había vuelto más organizado, más violento… e imposible de ignorar por parte de las autoridades.

“Usualmente significaba una de dos cosas: cuando estabas de equipo visitante, el triunfo mayor era tomar en el bar donde que frecuentaban los locales. O había que tomar posesión de la parte del estadio donde los locales veían el juego, que es tradicionalmente detrás de la línea de meta”, explica Brimson.

Cada juego era escenario de una pelea. Meterse en problemas con la policía era una posibilidad muy alta. Eventualmente Cas Pelans terminó en la cárcel por violencia relacionada con el fútbol.

En 1985, tras los hechos de Heysel, la primera ministra Margaret Thatcher anunció medidas para controlar los desórdenes. La premier pidió “la vigilancia total de los clubes de fútbol para que se pueda identificar a la gente (involucrada en la violencia)”.

La respuesta al problema fueron las cámaras de circuito cerrado de televisión (CCTV). Éstas constituyeron “el arma más grande que tuvo la policía para combatir el hooliganismo”, opina Doggie Brimson.

“Eso, junto con una legislación que hacía que si te llevaban a los tribunales por violencia en el fútbol ibas a terminar en prisión y tener prohibido el acceso a los partidos, fue muy efectivo. Para muchos era un riesgo demasiado grande”, señala.

Los incidentes dentro de los estadios se redujeron significativamente, si bien siguieron ocurriendo fuera de ellos. Para las Copas del Mundo de 2002 y 2006 el comportamiento había mejorado en forma significativa: los fanáticos ingleses parecían haber logrado “lavarle la cara”, si bien parcialmente, a décadas negras de la violencia en el fútbol.

Por su parte, tanto Brimson como Pelans se apartaron de hooliganismo e hicieron carrera en el mundo del cine y la literatura.

¿Se arrepienten de su pasado?

“No. Porque sólo estuve involucrado con gente violenta que quería ponerse violenta conmigo. Claro que hubo víctimas inocentes, y uno desea no haber tenido que ver nada con eso. Pero no me arrepiento”, dice Brimson.

“Muchas personas como yo no reciben ayuda porque se piensa que no van a lograr salir del círculo vicioso. Pero quiero decirle algo a la sociedad: sólo abran la puerta, dénnos un chance. Si creen que mi historia es increíble, hay alguien como yo en cada pueblo”, señala Pelans.

“No puedo echar para atrás el pasado. Lo importante es cómo sales de él. Qué haces con él. Eso es lo que cuenta”.

Esta historia es una adaptación del programa “Witness”, del Servicio Mundial de la BBC. Puedes acceder al programa original aquí.

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