Español  y valenciano; ese es mi orgullo

José María Llanos

Pdte. Provincial de VOX Valencia

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Desde sectores, unas veces nacionalistas, otras veces regionalistas, y las más de las veces imperialistas, se nos pretende decir a los valencianos cómo tenemos que pensar y qué tenemos que sentir. Se nos dice que si quieres a Valencia no eres un buen español, que si te sientes español no eres un buen valenciano, e incluso que si eres valenciano te debes de sentir súbdito catalán.

En absoluto; ¡hasta aquí llegó la riada! Me niego a tener que elegir entre una opción u otra; me niego a tener que elegir entre “papá” o “mamá”. Puedo entender que en mentes pequeñas, en gentes frustradas, temerosas de la diversidad, de los cruces de culturas, de la universalidad, quepa encontrar a quienes quieren hacer de su casa, de su calle, de su pueblo, el centro de su universo. Algunos incluso lo utilizan como arma política, para decir que son más valencianos que nadie; y en realidad son pobres hombres limitados, excluyentes, y con poca capacidad de amor; porque el amor no tiene medida. Se trata de un punto de vista “paleto”, muy alejado de la gran riqueza cultural que nos ha reportado la historia a través de los siglos, y que de forma concreta en la región valenciana, ha dejado raíces frondosas de libertad de pensamiento y de conquista de grandes retos hacia adentro, y hacia todo el orbe.

Del mismo modo que los gremios valencianos supieron echarse a la mar cuando los piratas berberiscos se adentraban en nuestras tierras y saqueaban a nuestros antepasados, llevándose riquezas económicas y tesoros de Fe (como el robo de la Sagrada Custodia, junto con las Formas, en la localidad de Torreblanca; y por ello el gremio de curtidores lleva en su escudo la leyenda “la llevamos porque la ganamos”, con referencia a la recuperación de la Custodia), y del mismo modo que en esas empresas nos acompañaron muchos otros pueblos de España; así también los valencianos han conquistado el mundo en las artes gráficas, en la literatura, en el derecho, en la ciencia médica, etc. Citar a grandes valencianos como Luis Vives, Blasco Ibáñez, Sorolla, o Grisolía, es casi una insensatez, por lo reducido del ejemplo; pero son al menos nombres que a todos nos vienen rápidamente a la mente, de valencianos de pro, de los que sentirnos orgullosos. Esa es la Valencia que conozco; esa es mi tierra natal, compuesta por las provincias de Castellón, Valencia y Alicante; ese es el histórico Reino de Valencia en el que Dios me concedió nacer.

Decía Ortega y Gasset, en La España Invertebrada, que “No es el ayer, el pretérito, el haber tradicional, lo decisivo para que una nación exista. Este error nace de buscar en la familia, en la comunidad nativa, previa, ancestral, en el pasado en suma, el origen del Estado. Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana”. Esto puede decirse del pueblo valenciano, de la nación española, y de la propia Europa.

Los valencianos somos un pueblo que sabe cuál es su lugar en la historia, sin que para ello crea que ha de distanciarse de aquellos con los que comparte en lo geográfico y político, en lo nacional y europeísta, pero también en lo fraternal e íntimo, su destino. Y “somos” porque “pensamos”, insertos en la gran corriente de pensamiento humano creado en Europa.

Decía Koschaker que el Cristianismo, la Filosofía Griega y el Derecho Romano, son los tres pilares de la Civilización Occidental. Y una civilización tan rica, tan llena de matices, tan próspera, no puede verse arrebatada por teorías foráneas del pensamiento único, de lo que llamamos “políticamente correcto”. Esa civilización, la nuestra, la que forma parte del ADN valenciano, español y europeo, no se ha construido sobre estructuras de barro, cocido por el afán totalitario de controladores del pensamiento; se ha forzado en la batalla de las ideas, en el desarrollo de los campos del saber, del conocimiento, del debate, de la exégesis; y nosotros estamos comprometidos a continuar ese camino, en la medida de nuestras posibilidades.

Y en ese mundo abierto, de miras altas sin coacción y sin limitaciones totalitarias, es en el que la inmensa mayoría de los valencianos nos sentimos cómodos: el pasado 9 de octubre celebramos con orgullo nuestra historia, nuestra tradición de Reino de Valencia, y acompañamos a la Real Señera en su camino por las calles de la capital del Turia, con respeto, cariño y recuerdo de nuestra identidad casi milenaria. Y por esas mismas razones, porque no somos un pueblo escondido, pequeño, temeroso, limitado, el 12 de octubre celebramos con orgullo el Día de la Hispanidad, el sentimiento de ser españoles, porque España es el resultado de una voluntad plurisecular –y en algún sentido también ya bimilenaria-, de construir una historia común, entre los reinos que con la religión, la cultura, la hermandad, y el respeto a las diferentes tradiciones, construyeron un ejemplo de civilización occidental, exportada a muchos puntos de nuestra Europa común. No somos apátridas, no somos ciudadanos del mundo –como diría un cursi-, sino que somos españoles que nacimos en Valencia, y que reconocemos nuestras raíces dentro de una nación española, con una bandera común, la roja y gualda, y en el contexto europeo que hemos contribuido a consolidar. Nuestros vecinos de otros países de la Europa actual, que nos llaman de forma a veces despectiva, “europeos del sur”, han olvidado la historia; es más, han olvidado “SU” propia historia, escrita en muchos casos desde España: unas veces con la espada; otras muchas con la cruz y el arte; pero siempre con la fuerza y la altura de miras de un pueblo imaginativo, emprendedor, valiente, como el valenciano dentro de una gran nación española, en cuyo imperio, durante tanto tiempo, no se ponía el sol.

Cuando camino por las tierras de España, mi ánimo se siente enaltecido al comparar toda su multitud de riqueza, y cuando me identifico como valenciano, al contemplar con orgullo un cuadro de Sorolla en Madrid, o al acercarme a un restaurante de comida típica valenciana en Barcelona. Del mismo modo, cuando salgo de España, mi orgullo lo representa ser español, y lo pregono a quien me quiera escuchar. Y ese orgullo es el que siento cuando en Argentina me llaman “gallego” -apelativo comúnmente utilizado para los españoles-, y cuando en una de sus más bonitas ciudades, Mar del Plata, encuentro una colonia de valencianos, que celebran las Fallas, que hacen horchata y “fartons”, y que construyen un monumento fallero cada 19 de marzo.

Que nadie pretenda que yo sea español y no valenciano; el amor no tiene límites. Que nadie pretenda que yo sea valenciano y no español; se equivoca del todo. Y que nadie pretenda someterme, porque lo lleva claro.

Decía Sir Thomas Crowne, que “el alma es lo que hay en el hombre, que no debe rendir homenaje al sol”. Esa libertad de pensamiento, esa humanidad casi trascendente, es la que me hace enorgullecerme de ser un español que ha nacido en Valencia, y que la quiere tanto. Yo sí puedo decir: ¡Vixca lo Regne de Valéncia; Viva España!

 


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