En una calle de Berlín

José Carlos Morenilla. Analista literario.José Carlos Morenilla.

Analista literario.

 

Sé que esta historia ya la habrán contado otros. Parece ser que sucede allí de vez en cuando. No pretendo ser original, pues, sino dar rienda suelta al impulso vital de repetirla.

No hace mucho paseaba por Berlín de un museo a otro cuando, cansado de andar, acerté a sentarme en un  banquito en plena calle.

Junto a mí hallé sentado un hombre que, erguido y serio, empezó a hablarme. Al momento comprendí de qué hablaba y decidí tomar notas para recordarlo. Parte de lo dicho, sin embargo, no pude copiarlo y algunas palabras, hoy, no las entiendo emborronadas como si hubieran sido escritas bajo la lluvia.

Hablaba de niños refugiados de no sé dónde. Parecía urgente. Esto es lo que he podido salvar de aquel mensaje:

En (no entiendo bien dónde y cuándo),
se libró una batalla muy sangrienta
que convirtió en ruinas y desiertos
las ciudades y aldeas.
Allí perdió la hermana al hermano
y la mujer al marido soldado.
Y, entre fuego y escombros, a sus padres
los hijos no encontraron.
No llegaba ya
(de ese sitio),
ni noticias ni cartas.
Pero una extraña historia, en los países
del Este, circulaba.
La contaban en una gran ciudad,
y al contarlo nevaba.
Hablaba de unos niños
(refugiados entendí) que
partieron en cruzada.
Por los caminos, en rebaño hambriento,
los niños avanzaban.
Se les
(habían unido) muchos otros
al cruzar las aldeas bombardeadas.
………..
Una niña de once años era
para un niño de cuatro la mamá:
le daba todo lo que da una madre,
más no tierra en paz.

Un pequeño (¿Cristiano, judío…? No leo lo que puse)

iba en el grupo.
Eran de terciopelo sus solapas
Al pan más blanco estaba acostumbrado.
Y, sin embargo, todo lo aguantaba.
También había un niño muy delgado
y pálido, que siempre estaba aparte.
Tenía una gran culpa sobre sí:
la de venir de un
(país yihadista, creo que pone).

………….

Y hasta un perro llevaban que, al cogerlo,
se disponían a sacrificar.
Pero ninguno se atrevía a hacerlo,
y ahora tenían una boca más.
………….

No faltaban la fe ni la esperanza,
pero sí les faltaba carne y pan.
Quien les negó su amparo y fue robado
después, nada les puede reprochar.
Mas nadie acuse al pobre que, a su mesa,
no los hizo sentar.
Para cincuenta niños hace falta mucha harina:
no basta la bondad.

……………

Al fin, un día, a una ciudad llegaron
y dieron un rodeo.
Caminaron tan sólo por la noche
hasta que la perdieron.
(Para no ser repatriados, les dijeron)
Por lo que fue el sureste de Polonia,
bajo una gran tormenta, entre la nieve,
de los cincuenta niños
las noticias se pierden.

Con los ojos cerrados,
dentro de mí los veo como vagan
de una casa en ruinas
a otra bombardeada.
Y al caer el ocaso, ya sus caras
no parecen iguales.

……………

Y el (¿pasado?) mes de enero,
en Polonia encontraron
un pobre perro flaco que llevaba
un cartel de cartón al cuello atado.
Decía: “Socorrednos.
Perdimos el camino.
Este perro os traerá.
Somos cincuenta y cinco.
Si no podéis venir,
dejadle continuar.
No lo matéis. Sólo él
conoce este lugar.”
Era letra de niño,
y campesinos quienes la leyeron.
Ha pasado año y medio desde entonces.
Desde que hallaron, muerto de hambre, un perro.

¿Quién es ese hombre a quienes los transeúntes que se sientan a su lado entienden en todos los idiomas?

Está sentado en la Bertolt Brecht Platz. En verano y en invierno. Bajo el sol o la lluvia.

Los berlineses, para que sobreviva al tiempo, le han puesto una camisa de bronce y un pantalón de hierro, pero sólo necesita gente que le escuche.

Hace setenta años que repite su mensaje urgente, pero la guerra continúa…

Nota: para quien quiera leer el texto completo que mis lágrimas de entonces no me dejan entender hoy, lo pueden encontrar en ‘La Cruzada de los Niños’ de Bertolt Brecht.

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