El Totalitarismo frío

José Antonio Palao. Profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la universitat Jaume I de Castelló.José Antonio Palao.

Profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universitat Jaume I de Castelló.

El nacionalismo frío

Supongo que nos pasa a todos. Los que nacimos y vivimos alguna parte de nuestra vida bajo el franquismo y nuestra juventud en los 80 estamos un poco sorprendidos de las reacciones del derechista gobierno español ante los tímidos embates del incipiente independentismo catalán institucionalizado. Nuestro recuerdo del nacionalismo español pasa por su violencia impositiva y sectaria, por su virulencia catastrofista y cavernaria. Es decir, por esa versión que lleva impresa desde su nacimiento en los años 20 del siglo pasado y que lo unía de siempre a la indeleble huella del fascismo. Porque en efecto, el nacionalismo español excluyentemente centralista y absolutista toma forma programática e institucional con el franquismo, y sólo tiene sentido como herramienta idelógica de la oligarquía española para defender sus privilegios puestos en crisis con la debacle de la monarquía borbónica. Es entonces cuando echa mano de los pilares básicos de la tradición estatal española, el centralismo y el catolicismo inquisitorial, y los funde en una unidad totalitaria y -como hemos dicho- violenta que se condensa en la forma política del nacional-catolicismo. La Guerra Civil Española fue una cruzada contra la democracia y el socialismo que se amparó ideológicamente en el nacionalismo extremo y el catolicismo integrista. Y dejó su huella y su amarre en el Artículo 8 de la Constitución Española.

Esa tradición cavernaria del fascismo sociológico siempre se ha dicho, porque era obviamente notorio, que estaba perfectamente integrada en el PP. De ahí, que la ultraderecha española no haya necesitado formar un Frente Nacional, al margen de los partidos de la derecha constitucional, como ha sucedido en otros países de Europa. Y de ahí, también, que el PP haya tenido siempre a mano la amenaza a la unidad de España -más o menos fantástica en la mayoría de las ocasiones- como recurso electoral, igual que lo ha tenido en la amenaza a los privilegios de la Iglesia Católica. Recordemos que los mayores hitos del PP de Rajoy en la oposición fueron los recursos de inconstitucionalidad  a la legalización del matrimonio homosexual y al Estatut de Catalunya. ETA, de hecho, ha pervivido en discurso del derechismo español mucho más allá de sus actuaciones violentas.  Haciendo un paralelismo freudiano, podríamos decir, que la precaria unidad de España, basada originalmente en una imposición invasiva y sangrienta, es el contenido reprimido por excelencia en el Inconsciente español y por ello es tan fácil el uso demagógico del nacionalismo uniformado y la persecución de cualquier diferencia interna como un peligro mayúsculo e inconmensurable por parte de la derecha.

Por estas razones, sorprende bastante el viraje que ha dado en los últimos tiempos esta estrategia de la derecha hacia el puro legalismo burocrático. De lo que se acusa al soberanismo catalán es de incumplir las leyes y la constitución, no tanto de una especie de sacrilegio contra la unidad metafísica de la patria española. Se le amenaza con la legalidad, y sólo muy al fondo queda el recurso a la brutalidad policial y militar, que han sido el  tradicional del nacionalismo español. Al contrario que el nacionalismo fascista clásico, el nacionalismo neoliberal aparece como el adalid de la frialdad constitucional y de la legalidad democrática. De hecho, se reputa a sí mismo como desapasionado, hasta el punto de considerarse como un no-nacionalismo por oposición a todos los demás. Este desapasionamiento burocrático puede que tenga su mejor expresión en las palabras de Fernando Savater, uno de sus principales ideólogos y que pueden escucharse en este video.

Vemos, pues, que para diferenciarse tanto de los nacionalismos periféricos como de los populismos patrióticos de izquierdas, que identifican la patria con el pueblo y no con una entidad metafísica (unidad de destino en lo universal, que se decía aquí antes), el nacionalismo español de ahora pretende ser afectivamente neutro. Puede ser, tal vez, porque en su idea de España no haya nada que amar. Lo suyo es puro músculo racional y legal-democrático, puro patriotismo constitucional y lo de los demás son caprichos, veleidades y arbitrariedades que pretender romper la apacibilidad democrática. Es, pues, una cuestión de Derecho que no cabe confundir con una cuestión de derechos. Es el viejo principio de la igualdad liberal, basado en la sacralización del dogma del consenso del 78 como única posible expresión democrática.

Albert Rivera y Pablo Iglesias en una encuentro en La Sexta.
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Albert Rivera y Pablo Iglesias en una encuentro en La Sexta.

 Hay que ver lo bien que sonaba hace 37 años aquello de que “la soberanía reside en el pueblo español” y lo hueco que suena ahora: resulta que la soberanía reside en el pueblo español de los años 70 del siglo XX, y así per saecula saeculorum. Para la derecha, el pueblo español es un ente petrificado, difunto, desempoderado de su destino. Efectivamente, el imperio de la ley, entendido como un a priori, es un principio idealista que conlleva un totalitarismo absoluto, como es obvio al menos desde Marx. Si la ley está por encima de cualquier individuo y de cualquier contingencia, como el dogma liberal exige, es imperativa su universalidad. Y el problema de la universalidad, como ideal ilustrado, es que cuando intentamos aplicarlo en un entorno capitalista partimos de una situación de hecho marcada por la desigualdad. Lo cual implica que quien quiera más privilegios suele clamar por la mayor universalidad, esto es, mayor igualdad “ante la ley”, mayores garantías. Eso vale para el TTIP o para la soberanía del pueblo español, como para oponerse cualquier tipo de discriminación positiva.

Es la racionalidad legalista del capitalismo, a imagen de su ideario económico, usado tan fríamente como el legal para combatir cualquier nacionalismo periférico por el presunto constitucionalismo neutro. Evidentemente, “el levantamiento de fronteras” o el aprendizaje de lenguas minoritarias son consideradas por el neoliberalismo como una fuente de obstáculos a su expansión global que reputa como imposiciones a la libertad individual de elegir (lo que más convenga). Y por supuesto, encontrar empleo (o financiación con usura) serían la máximas aspiraciones del sujeto para el neoliberalismo.  Es imposible acabar con el capitalismo (pensar su fin) si no desalojamos su ontología basal que es el cientifismo iluminista, del cual la máxima expresión es el neoliberalismo que ha ontologizado definitivamente el vínculo de explotación. El neoliberalismo es un totalitarismo mucho más absoluto que cualquier populismo porque cuenta con la soberanía de un sujeto social totemizado por la racionalidad extrema. Difunto de legalidad universal e intocable. Excluir lo afectivo de la política no es sólo totalitario sino fundamentalista e irracional. Humildemente opino que, si vamos combatiendo la desigualdad desde el supuesto del igual derecho a ser diferentes y de la justicia para cada uno, el fantasma de la universalidad -del para todos lo mismo- pueda acabar siendo considerado con los siglos como una superchería de los oscuros tiempos del iluminismo liberal.

La frialdad y la nueva política

El caso, es que en esta su deriva neoliberal, al revés de lo que ha pasado en el resto de Europa, a la derecha española va y le ha salido una escisión precisamente por la parte fría y no por la caliente. Los ultraderechistas españoles más sanguíneos y cavernícolas parece que no se han sentido defectuosamente representados y no han necesitado crear un partido del tipo de los “frentes nacionales” como en Francia, Holanda o Grecia. Fíjense que hablo de parte fría, no del “centro”. Porque lo que intento sostener es que este legalismo, que en España toma forma de un constitucionalismo fundamentalista y pétreo, es tan o más totalitario que sus versiones fascistas, aunque pueda parecer más pulcro y educado. Y si hemos empezado hablando del nacionalismo y del enfrentamiento de soberanías en Catalunya (el pueblo vivo de Catalunya destituido por el Tribunal Constitucional vs. el pueblo fósil del consenso del 78) es precisamente porque allí nació Ciudadanos como punta de lanza del españolismo, frente a la impotencia del PP, y allí aprendió a afilar y velar sus armas, teniéndolas prestas para el asalto al Estado.

Efectivamente, Ciudadanos es la destilación final de todo ese proceso de congelación totalitaria. Yo, que no vivo en Catalunya y sólo conocía a Ciudadanos de referencias, lo  descubrí a través de las actuaciones de la Sra. Punset, esa veraneante que decidió meterse en política, y quedé amargamente sorprendido por su españolismo puro y duro, frío, calculador y pétreo, sin empatía ni piedad. No hay más que ver su argumentario neoliberal defendiendo el “utilitarismo cosmopolita”   contra el “sentimentalismo aldeano” de los sentimientos de pertenencias y el amor por la propia lengua. La utilidad entendida, claro, como capacidad de venderse en el mercado de trabajo, esto es, de multiplicar las opciones de ser adecuada e íntegramente explotado. No hay más que ver su defensa de que no todo cabe en el cerebro, haciendo uso de las proclamas del neurocientifismo iluminado que debió oír en su casa a la hora de comer.

Nadie puede dudar, que entre otras muchas el ciudadanismo era una opción implícita en el 15M. Pero claro, toda opción de conformación política de un sujeto colectivo implica una modelización de dicho sujeto. Los ciudadanos son individuos que se relacionan como tales con el Estado, como exige el origen liberal y reformista de la categoría. Por tanto, los ciudadanos no se conforman como un sujeto político colectivo, como un pueblo, sino que se relacionan aisladamente con la administración. El momento colectivo del ciudadano, si acontece, es siempre transitorio y transitivo. Lo mismo pasa con el sindicalismo capitalista, por ejemplo. Aquí el sujeto, modelizado como productor asalariado, se relaciona en exclusiva con el patrón y sólo esporádicamente realiza alguna acción colectiva. Esta suele estar en manos de sus representantes sindicales, como en los políticos en tanto que ciudadano. La opción ciudadanista, pues, es un intento de desempoderamiento colectivo y de resistencia del individuo frente al poder.

Pues bien. Si al 15M le costó un par de años pergeñar una fuerza política nueva que lo organizara colectivamente en el frente político, al sistema le ha costado mucho menos aprovecharse de sus errores, fundamentalmente organizativos y fatalmente estratégicos, para potenciar a una pequeña formación de implantación exclusiva en Catalunya y elevarla a ser una de las fuerzas políticas clave en el conjunto del Estado. Es obvio que Ciudadanos ha sido aupado, llevado en volandas al centro de la agenda mediática, como una reacción sistémica contra Podemos, desempoderado y puramente librado a los media como efecto de su modelo organizativo, riesgo del que ya advertimos en su momento. Así, la “nueva política” ha devenido pura anécdota sustancializada en el hecho absolutamente banal de que hay nuevas caras y nuevos partidos en la política española. Es decir, echando mano de un recurso de márketing clásico, ante la evidente crisis de la política representativa, lo que ha hecho el neoliberalismo es  actuar como siempre: fomentar el consumo interno como motor del sistema multiplicando la oferta, recreando el target a través del product placement, en este caso político. Se ha echado mano del ciudadanismo como posibilidad implícita en la protesta y se lo ha convertido en electoralismo remozado para evitar que escape a la entropía neoliberal de deflación de la soberanía popular  (cuyo máximo ejemplo, dicho sea de paso, es el TTIP que convertirá cualquier demanda democrática en papel mojado; como la Constitución Española sacralizada por la derecha, vamos.). Es la faz fría y calculadamente eficiente del nacionalismo frío, del neoliberalismo como sistema biopolítico, que ha hecho suyo el campo de la pulsión travestida de racionalidad y ha alejado todo apasionamiento que pudiera estar en contacto con la verdad como causa de la acción, por cuanto ésta pudiera alentar un sentimiento de pertenencia colectiva. El neoliberalismo nos necesita solos, aislados, odiando. Sin lazos sociales, encarados a lo público desde nuestra privacidad incuestionada y obviando todo lazo común con los otros. El capitalismo nos sueña votantes puros, electorado sin pathos emancipatorio, obedientes al bucle eterno de  la reedición legislativa. La racionalidad, tomada como valor absoluto, es fría, metódica, universal. En una palabra, banal, porque es tautológica.

Este espacio es sin duda mucho más propicio a Ciudadanos, un partido nacido con una dimensión de pura lista electoral (en las últimas elecciones tenía más candidatos que militantes),  que a un partido que habría nacido con la idea de llevar a sus últimas consecuencias la crisis representativa de un régimen producto de un antiguo consenso y cuya decadencia y corrupción se han hecho evidentes con la crisis económica global. Por eso, cuando a Podemos se le inoculó el virus de electoralismo y el mediaticismo y decidió lanzarse a conquistar la centralidad del tablero convertido en una máquina de guerra electoral leninista 3.0, pues se encontró a Ciudadanos allí, porque ése era su espacio natural. El éxito, que parece el núcleo del evangelio de la cúpula podemita, no es en nuestro contexto mediático más que una forma de presencia hipertrófica, adictiva, un sucedáneo imaginario de la representación simbólica. En un sistema mediático como el nuestro, es sinónimo de fama. Pregúntenle a un tatuado tipo (cani o choni, tanto da) cuál es su proyecto (ellos dicen sueño) de vida y verán: ser famosos. En qué, para qué o por qué no tiene ninguna importancia. El éxito es estar en la agenda, en el centro del tablero, en el núcleo de la habladuría, en el foco de la mirada, del juicio basado en un cálculo incompleto y cobarde del cotilla o del espía, que son los dos egregios precedentes del televidente contemporáneo.

Y después de tanto despotricar la cúpula de Podemos contra ella, Ciudadanos parece haber conseguido su objetivo: arrinconar a Podemos en el cajón de la vieja izquierda, que había venido a superar. En los últimos tiempos la jugada ha sido palpable. Primero, obligando a Pablo Iglesias, tras meses negándose a esa posibilidad, a debatir cara a cara con Rivera. El subtexto de los “nuevos políticos”,  nuevas caras, nuevos programas como recambio del sistema, frente a la nueva política como cambio de sistema quedaba definitivamente establecido con el amistoso encuentro de estos dos jóvenes valores. Ahora bien, frente a esta puesta en escena, Pablo Iglesias, para no perder su apariencia pública de elemento hetero-sistémico se posicionó inmediatamente dentro del problema del separatismo catalán –hemos empezado por ahí- frente a los (ahora) tres partidos constitucionalistas, tras ser llamado a consultas por Rajoy. Y lo mismo en Catalunya, votando no a la investidura de Mas y a la resolución independentista del Parlament de Catalunya y pidiendo de nuevo un referéndum, ahora ya en solitario porque esa posibilidad ha sido excluida de la agenda de todos los demás partidos. El caso es que si a mí –y a mucha otra gente- se nos pregunta por esos ítems programáticos, no tendríamos nada que objetar. De ahí, que yo siempre me haya sentido refractario al “programismo”, como si éste de por sí pudiera tener un valor de verdad. En política, y en la vida, la verdad tiene siempre una componente performativa. Se hace, más que se dice. Se trata de algo que parece –no soy especialista en ello- que la politología y la sociología dominantes han olvidado, pero que las ciencias del discurso no pueden permitirse olvidar: la diferencia entre enunciado y enunciación. En efecto, por muy de acuerdo que uno pueda estar con estas ideas de la cúpula de Podemos, no puede dejar de ver que estratégicamente son un desastre, porque la convierten en un puro residuo político. Vamos, lo que ha sido la izquierda de toda la vida: una fuerza eticista y testimonial, sola frente al bloque sistémico y constitucional. Eso en España. En Catalunya, una fuerza perdida entre el soberanismo, el españolismo y el anticapitalismo.

El problema de Podemos, pues, no es banalmente programático o ideológico. No se trata de que haya traicionado los valores tradicionales de la izquierda y se haya escorado hacia el centro del espectro (vocablo emparentado etimológicamente con “espectáculo” y “simulacro”; y semánticamente muy próximo a “fantasma” y a “fantasía”) político. La conquista de la centralidad del tablero, que es su ítem estratégico básico, no tiene que ver con la ideología declarada ni con el programa, sino con un modelo de implantación social mediático-leninista (¿?) que le impide estratégicamente construir cualquier contra-hegemonía al neoliberalismo. Siempre acaba escorado y solo, sin capacidad no ya de liderar, sino de sumarse a un proyecto común (ni español, ni catalán). Como la izquierda a la que pretendía superar. Y esclavo del mismo papel testimonial.

El problema de Podemos, o al menos parte de él, es que se ha fijado en dos grandes modelos políticos para afianzarse institucional y mediáticamente. Y no son el modelo bolivariano ninguno de los dos, vaya esto por delante. Eso es una maniobra de despiste desde el bloque sistémico. Desde el punto de vista organizativo y social, su modelo es obviamente el kirchsnerismo, basado en el carisma del líder (y de la lideresa). Aquí el influjo del pensamiento de Ernesto Laclau y su defensa del populismo es indudable. Pero en cuanto al análisis del espectro parece que ha influido más la visión de su viuda, la también politóloga Chantal Mouffe, que escarmentada de la política francesa no se cansa de repetir que el populismo de izquierdas ha de usar las emociones porque si no ocupa ese lugar, lo hará el populismo de derechas. Ahora bien, de momento en España el peligro del populismo fascista, integrado de siempre en el PP como hemos visto, no se ha cumplido y lo que ha venido a hiper-dimensionarse es la demagogia gélida del reformismo neoliberal encarnada por Ciudadanos. Habría que indagar más, pero la hipótesis que me seduce más en principio es que la doctrina del núcleo irradiador puede funcionar en dos Estados homogéneos, formalmente republicanos, y demográficamente macrocéfalos, como Francia o la Argentina, donde un liderazgo uniforme es mucho más factible. Eso sin contar con que el kirchnerismo tiene a su favor la larga tradición populista del peronismo. Pero el Reino de España es otra cosa, y construir una contra-hegemonía solvente implicaría tener en cuenta sinergias invisibles sin la propia iniciativa de la multitud, que el modelo organizativo de Podemos se ha aprestado acallar en vez de organizar.

¿Y la izquierda?

Visto, lo visto, la unidad de la derecha española, inveteradamente reputada de proverbial, parece que al final no es sino un (otro…) fantasma de la izquierda. Precisamente, cuando ha tenido que enfrentarse a una irrupción desde la  izquierda, lo que ha hecho es dividirse. En cuanto a nosotros, lo más parecido que hemos tenido a una unidad de la izquierda en España han sido las supremacías electorales del PSOE, cuya víctima siempre ha sido IU (o, anteriormente, el PCE). Todos recordamos precisamente ese PSOE victorioso como un coladero de antiguos izquierdistas procedentes del antifranquismo y convenientemente reciclados a yuppies. Creo yo que cuando una idea no funciona y nos damos una y otra vez con la cabeza contra la pared, auto-culpándonos de esa inoperancia, tal vez deberíamos reconsiderarla radicalmente no vaya a ser se trate simplemente de una fe fantasmática sin anclaje ninguno en lo real. Es decir, empezar a dejar de pensarlo como una tara propia (impotencia) y empezar a leerlo como un aviso para navegantes (imposibilidad).

Alexis Tsipras y Angela Merkel.
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Alexis Tsipras y Angela Merkel.

A mi entender el mito de la unidad es un mito esencialmente empresarial, capitalista, burgués, liberal unas veces y fascista otras. El problema es que el neoliberalismo con su frialdad (que coloca la eficiencia en el lugar de la pasión) es tan potentemente totalitario que modeliza incluso a sus enemigos y los corta por su mismo patrón, que es la mejor manera de asegurarse la victoria, obligándoles a jugar en un campo que siempre domina. Los anarquistas oponen a esto el concepto de “política prefigurativa”: no cualquier medio es lícito y en la propia acción debe encontrarse la prefiguración de su objetivo ideológico. Es decir, no vale aquello de que la sucia política es el medio de conseguir cosas maravillosas, como le hemos leído a algún miembro de la cúpula de Podemos, con una mezcla de ostentación cínica e ingenuidad (sobre todo porque muchos otros políticos también dan por legitimada la suciedad de la política pero se abstienen de decirlo en público). Me parece un principio realmente pragmático: nadie pasa por el  trámite de ensuciarse las manos sin acabar con las manos sucias. No toda la inmundicia se va con el detergente de las buenas intenciones. Probablemente, muchas de las aporías de la izquierda podrían explicarse así. Yo coincido en la premisa, pero tal vez preferiría una política “desfigurativa”, esto es subversiva, transgresiva frente a las formas del poder, que “prefigurativa”, en el sentido de que toda prefiguración exige una positividad doctrinal que estamos lejos de poder sostener. La política exige la lucha y por lo tanto el deseo, pero no admite la exigencia metafísica de la predicción exacta. No podemos prefigurar lo que no tenemos derecho epistémico a figurarnos, pero sí podemos desfigurar el vínculo discursivo que nos oprime.

El caso es que en los regímenes neoliberales lo electoral se ha conformado, de acuerdo con su doctrina económica, como mercado del virtuosismo (la performance sin obra, en el sentido que usa el término el pensador italiano Paolo Virno) inconsecuente. Se trata, pues, de intentar acaparar atención de la audiencia para traducirla en votos. Por eso, la tan cacareada confluencia ha acabado siendo un simulacro, porque se planteó siempre como un acuerdo entre élites. Las pequeñas diferencias que separan a la izquierda…. a lo mejor son pura apariencia. No son las diferencias, sino la diferencia lo que marca el anticapitalismo. La unidad y la uniformidad son valores burgueses a lo que se adaptan perfectamente las formas de la monarquía o la república presidencialista y, por tanto, la forma jurídica y organizativa del partido. Sí, sí. Sé que estoy usando un término con un regusto muy rancio. Pero es que es el que quiero usar. La unidad de la izquierda es un residuo del capitalismo fordista que queda como remanente en el neoliberalismo postfordista. De ahí que se le avenga bien el adjetivo burgués. De hecho, cuando mejor ha funcionado la izquierda en los últimos años ha sido precisamente cuando menos unida estaba en lo público-institucional y mejor coordinada en lo común: en las plataformas municipalistas.

En fin, que lo que le recriminamos a Podemos es haber cauterizado una posibilidad de hacer política radicalmente distinta. Radical, que no extremada, porque ser radical no es ser un delirante. Eso no es cuestión de radicalidad, sino de fundamentalismo y un fundamentalismo no puede ser radical, precisamente porque a lo que le tiene pánico un fundamentalista es a la verdad. Podemos podía haber supuesto el fin de la izquierda sistémica y haberla sustituido por una posibilidad no reformista sino radical. De una radicalidad democrática que impulsara un avance imparable de fórmulas de organización, producción, cultura y alegría alternativas a los goces en bucle del capitalismo. Que precipitara el fin de lo que podríamos llamar la cultura del tatuaje, esa inscripción del yo ideal alienante  que ahora la gente se graba en la piel para recordar en su diurna vida cotidiana sus fines de semana de madrugada. No la califico de alienante porque piense que hay un “en sí” auténtico, sino porque es una entelequia desligada de la vida del sujeto.

Ahora bien, insisto: el problema básico de Podemos es el modelo organizativo. Todo lo demás es secundario porque, en un sistema devorador de todo lo que se le opone como el capitalismo postfordista, los programas y propuestas son papel mojado si no cambiamos radicalmente la relación entre representados y representantes. No se me habrá oído ni por un instante criticar a Podemos desde la banalidad ideologista: si su programa es más o menos de izquierdas. Para la eso ya está la vieja Izquierda Unida, se disfrace ahora tras las siglas que quiera, con un candidato que ha ganado tan en plancha como hemos criticado siempre que hacían los de Podemos. Reducir el debate a una cuestión de programas, de escritura fósil que puede ser traicionada en cualquier momento por los representantes al adquirir su escaño en propiedad, es un debate ridículo.

Lo terrible del pópulo-hegemonismo europeo (porque anda que Syriza…), es que, enredado en el fango mediático y electoral, sólo puede proponer la lucha en el campo de la izquierda. No se está tratando en ningún caso de ver qué se impone en la globalidad –a no confundir con universalidad- de lo social –que eso ya está controlado por la dictadura de los mercados-, sino qué modelo se impone en su fragmento izquierdo. Vamosm que la izquierda sólo parece estar dotada para vencer a la izquierda, en una especie de entropía antidarwinista. Lo único que parece haber conseguido Podemos es reavivar el debate izquierdista, que, por parafrasear a Lenin,  cada vez se parece más a una enfermedad infantil del radicalismo democrático.

La mayoría de edad popular exige responsabilidad, no el racionalismo,  la ética de la intención y del alma bella. Los que vienen a hacerse cargo del problema suelen acabar siendo parte del problema, porque el principal problema es concebir el problema como algo de lo que alguien tendría que hacerse cargo. Es la concepción empresarial de la política que se mueve en la Cinta de Moebius de lo público y lo privado y deja excluido lo común de campo de la política, reducida a burocracia. Un partido (una candidatura electoral, se nos venda como se quiera) asume una concesión estatal parar arreglarnos un problema, sin dejarnos intervenir en el proceso, como si de una constructora encargada de construir una autopista se tratase. Luego, claro, ya es una cuestión de estilo, no de ideología. El neoliberalismo frío es tan totalitario que modeliza incluso a lo que se le opone. El viejo izquierdista de aparato, adocenado institucionalmente, acaba siendo el auténtico hombre de orden del espíritu capitalista clásico.

Como no podría ser de otra manera, yo estoy muy a favor de la unidad popular. Pero no tengo especial interés en la unidad de la izquierda. Como se ve, coincido mucho con los enunciados de Podemos, pero finiquitado el componente imaginario del marxismo -que no es otro que su supuesta cientificidad- a mí me interesa una izquierda plural, una variedad de modelos en el anticapitalismo porque no tenemos capacidad predictiva políticamente hablando.  Ante el desapasionamiento que ha propiciado la cicatería y el narcisismo de los izquierdistas profesionales, sólo podemos oponer la pasión sin objeto –no cosificada ni “comodificada”- de los comunes. Sólo una pasión sin objeto puede constituir a un sujeto contra el poder. Los objetivos son todos rebasables, coyunturales, por eso un sujeto exclusivamente hegemónico es un sujeto sin horizonte y sin futuro. La izquierda no puede conformarse con la hegemonía, que no es más que la estrategia. Su fin político es transformar la realidad, no cambiar puntualmente una correlación de fuerzas. La contingencia no puede entificarse en un objetivo absoluto. Los objetivos de emancipación deben conservar la consciencia de su finitud, de su azar.

El problema de una política emancipatoria, en fin, es que no puede intentar hacerse cargo de pensar el poder si renuncia a pensar el fin del poder. El fin del poder es materia de pensamiento, es imposible reducirlo a una epistemología de la comprobación y del dato, así como subsumirlo en un ideal, sin retroalimentar el poder con una violencia indomable. Eso no es pensar la libertad. Si renuncias a pensar el fin del poder te estás limitando a calcularlo. Y precisamente pensar el fin del poder es lo contrario de un cálculo. Esa es la gran trampa en que cayó el marxismo embebido del cientifismo ilustrado. Marx pensó el fin del poder, pero los marxistas nunca han podido imaginarlo en un plano proyectual y no han podido calcularlo desde lo político. A cambio, se acogieron al imaginario hegeliano de la sociedad reconciliada y del fin de la historia, pero con el aplastante peso real del cientifismo atribuido al materialismo histórico. Es la época de la imagen del mundo, que se resuelve en una confrontación entre visiones del mundo, como lúcidamente diagnóstico Heidegger. El populismo podría ser una manera sublime de escapar de ese bucle si no acaba enfangado en la hegemonía reducida al cálculo. Al frío imperialismo del cálculo como único horizonte político.

La gelidez del miedo

Hace unas semanas se decía que Pablo Iglesias parecía cansado, desilusionado. Cada vez que oía ese comentario, confieso, no dejaba de venirme a la cabeza aquella vieja canción de La Trinca en la que se lamentaban de que por culpa de una indiscreción el Papa, Reagan y Gorbachov se habían enterado de que el mundo no era feliz y estaban desolados. Yo no tengo ninguna duda: la desilusión, el desencanto, el desánimo de la población y, por lo tanto, de la izquierda son un efecto la expansión fría de totalitarismo burocrático neoliberal. El totalitarismo frío se está adueñando de todo. El neoliberalismo probablemente sea la ideología con aspiraciones más totalitarias que haya habido nunca.

Hacia la izquierda puedo sentir decepción y encono por cómo ha perdido su oportunidad de saltarse todos sus dogmas orto-marxistas o hegemono-populistas y haberse abierto al pueblo en su vocación transformadora en vez de haber pretendido una vez más enclaustrar a ese pueblo en una concepción dirigista. Los credos son inevitables (alguno hay que tener) pero las doctrinas son enormemente nocivas si nos impiden salvar los fenómenos.

Ahora bien, por más que sienta una enorme decepción y un enorme enfado con los que han vuelto a repetir los errores de siempre de la izquierda en el capitalismo, precisamente en un momento en que tenían la gran oportunidad para haberlos dejado atrás, no los considero un mal ni siquiera menor, después del cuatrienio neoliberal de agresión al pueblo y después de años de ese partido aún en el poder expoliando España desde todas las administraciones. Ojalá este fracaso puntual de la izquierda, ansiosa de prebendas electorales, sea simplemente una señal de que las cosas están empezando a cambiar, aunque sea a trancas y barrancas y con mucho dolor y frustración de la gente decente que se había ilusionado con que esta vez sería de otra manera.

Ciudadanos, sin embargo, me produce pánico con su nacionalismo de notaría como recambio del nacionalismo de sacristía (o “puticlú”, según los ratos) al que estábamos acostumbrados. Los viejos fachas del PP, en franco (vaya con el adjetivo) retroceso y debacle, me asustan hoy menos que los treintañeros con aire de gurú de los negocios que aspiran a sucederlos para desfilar por los no lugares, en los que se sienten tan cómodos, con la regodeo insultante de la cámara lenta.  Es curioso, que a un partido que ha decidido llamarse Ciudadanos no se le conozca en absoluto una implicación en las luchas de la sociedad civil y sus huestes estén formadas por gente con el puro perfil del aspirante a político profesional. Ciudadanos es el neoliberalismo desnudo, secante, técnico, frío. Ciudadanos me da miedo, lo confieso. Un miedo político que hacía años que no sentía. Mucho menos por lo que son, que es bien poca cosa, que por lo que representan. Un contubernio PP/Cs, con el PSOE de comparsa, no nos lo podemos permitir. En todas las formaciones de la izquierda (en la que Podemos ha quedado enmarcada como una más) hay gente que está haciendo un gran trabajo: en IU, en las plataformas comunales de los ayuntamientos, en Compromís… y por supuesto también en Podemos. Y también hay actos, personajes y actitudes que no nos gustan un pelo. Hagamos lo posible (que es mucho) porque no ganen los derechistas las elecciones y luego sigamos luchando en el día a día. Nuestra lucha será mucho más factible con un gobierno de izquierdas, aunque algunos políticos no nos gusten y otros nos gusten menos de lo que quisiéramos. Ciudadanos cada día me produce más terror. Son pérfidos, son fríos, son calculadores, pueden ser bastante peores que el PP.

Adenda: El terrorismo frío

Escribí este texto hace diez meses. No cambiaría ni una coma. Desgraciadamente, se puede leer hoy como entonces Cuando pasan estas cosas hay quienes se acuerdan con odio de los emigrantes árabes. Yo no puedo evitar acordarme de la CIA y de la brutal frialdad neoliberal y sus métodos de dominio. Dos extractos:

“Las corrientes actualmente dominantes en el yihadismo y el islamismo suní son inventos de la CIA para acabar con el panarabismo laico y progresista. Es una opinión, pero pido humildemente que sea tenida en cuenta.”
“Hay que acabar con la islamofobia tanto como con el yihadismo que es una ideología machista, represora y fascista financiada y creada por los Estados Unidos contra la decencia del pueblo árabe, como financió el nacionalcatolicismo contra la decencia del pueblo español o al neoliberalismo fascista en Latinoamérica contra la rebeldía justa de sus pueblos.”

Evidentemente, redacté esta columna ayer, antes de que se reeditaran los brutales acontecimientos de París, corregidos y aumentados. Claro que he estado dudando si enviarla, pero si me he decidido a hacerlo es porque la dictadura de la actualidad no debe impedirnos interpretar el presente. Lo primero que ha dicho el presidente francés: “Nous devons faire preuve d’unité et de sang froid face à la terreur, la France doit être forte, elle doit être grandeUnidad y sangre fría. ¿Les suena ? No es casual. El totalitarismo del frío, impuesto bajo la especie de insensibilidad de la opinión pública, que no es otra cosa que el semblante estadístico de la soledad ciudadana, está íntimamente ligado a la pulsión de muerte. Hace ya más de cincuenta años que el psicoanalista Jacques Lacan, el crítico más seriamente radical del proyecto ilustrado, teorizó que si la Ilustración tenía un anverso en Kant, punto por punto tenía su reverso, encajado en el mismo molde, en el Marqués de Sade. Al igual que Bin Laden en su momento, el ISIS está interviniendo en el ámbito comunicativo que se ha convertido en el campo único de enunciación. Es decir, está intentando irrumpir en la agenda occidental. Su brutalidad es sanguinaria, pero es completamente desapasionada, calculada. Como el sadismo metódico es el reverso de la moral kantiana de la intención y el imperativo categórico, el yihadismo es el reverso perfecto de la impasible gelidez del democraticismo imperialista  neoliberal y de la representación de la soberanía popular secuestrada. El terror es el lenguaje que les conviene a ambos, gozando en el magma viscoso del odio y la pulsión de muerte. Y mucho cuidado con los que creen que van a dominar el tablero y no están más que entrando en la frialdad pulsional del dispositivo y ahogándose en su bucle.

 Dejo como última reflexión este tuit, que responde a las invectivas xenófobas que ya está diseminando la derecha contra los refugiados.

Los humanos nos parecemos mucho. Acoger en casa a las víctimas del terrorismo islámico es una de las muchas vías de construcción de lo común frente al totalitarismo del frío.

 

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