El Levante y el Cádiz se reparten los puntos en el Ciutat

Levante UD: Raúl, Toño, Roger, Morales (Rubén, min 57), Postigo, Chema, Rafael (Casadesús, min 67), Pedro López, Natxo Insa (Lerma, min 85) Jason y Campaña.

Cadiz CF: Cifuentes, Carpio, Aridane, Garrido, José Mari, Güiza (Aitor, min 57), Álvaro, Luis Ruiz, Sankaré, Ortuño (Silvestre, min 79) y Nico (Rubén Cruz, min 74).

Árbitro: Alberola Rojas. Comité Castellano-Manchego. Amonestó con cartulina amarilla a José Mari y a Garrido por el Cádiz y a Toño y a Chema por el Levante.

Goles:

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Alzaba la vista Campaña, incrustado en el eje de la medular, pero a su alrededor notaba que faltaba vértigo y también un plus añadido de velocidad para tratar de rasgar el tupido y enmarañado muro de contención que se dedicó a alzar el Cádiz pacientemente a lo largo de los noventa minutos. La entidad cadista fue realmente fiel a la idea inicial que barajó desde que pisó el verde del Ciutat de València al filo de las seis y media de tarde. Su plan era sencillo. La principal premisa era desactivar el sistema emocional de la escuadra granota para guarecer, al menos, la igualada con la que nació el duelo. Se empleó con tanto celo y ardor en tareas exclusivas de contención que olvidó que podía aspirar a doblegar a su oponente cuando la confrontación languidecía y ya no había tiempo material para afrontar un nuevo intercambio de golpes. La acción fue ciertamente paradigmática con el feudo de Orriols invadido por un severo ataque de melancolía ante el temor de lo que pudiera acontecer. El Cádiz dispuso de una falta en el costado izquierdo de su ataque. Sus torres, Aridane y Sankaré, invadieron el área granota con un tono manezador, pero el cuero nunca llegó a las cercanías de la meta de Raúl. El Cádiz optó por congelar el encuentro antes que apostar con frenesí por el signo de la victoria. Toda una declaración de intenciones que, no obstante, pudo vislumbrarse desde el arranque de la cita.

El orden pretoriano era una máxima. Ajustó las líneas al límite para no dejar espacios sin guarecer y trató de desconectar a la medular granota del resto del bloque sabedor del enorme potencial y de las esencias que guardan las botas siempre exquisitas de Campaña. Por instantes, el verde se convirtió en un tablero de ajedrez donde cada equipo trataba de encajar sus piezas. Conquistar un metro cuadrado parecía una quimera. La retaguardia amarilla era del todo impenetrable a las acometidas levantinistas. Había un ejército de piernas tratando de cerrar a cal y canto los caminos que conducían hacia Cifuentes. El Cádiz no secuestró el balón, que fue propiedad del Levante como norma, secuestró el partido desde una perspectiva mucho más amplia. No se sentía especialmente cómodo el Levante con el duelo dibujado por su adversario aunque no perdía la fe y se revolvía tratando de encontrar las claves para desnortar a su oponente.

Campaña alzaba la mirada y no encontraba socios a su alrededor con los que conectar. El partido era un ejercicio de incomodidad continuado para el grupo de Muñiz. Solo Jason alteró el status quo creado con un disparo lejano que neutralizó Cifuentes. Antes la grada había reclamado una pena máxima tras una descarga de Roger que chocó contra las manos de un defensor cadista. Fueron balas de fogueo porque en realidad no había excesivas noticias en cada una de las áreas. Y eso que había muchos atacantes sobre la faz del verde con la inclusión de Roger y Rafael, por parte de la escuadra granota, y Guiza y Ortuño por el bando cadista, pero, en ocasiones, el fútbol toma una apariencia muy distinta que de la que, a priori, puede preverse en función de las piezas escogidas. Las propuestas no siempre conjugan con la realidad. Así que paradójicamente apenas si hubo lances y escarceos en el interior de los espacios defendidos por Raúl y el veterano Cifuentes. No obstante, el arquero vasco resultó decisivo tras un disparo a quemarropa de Ortuño que despejó con puños de acero. El suspense se mantenía, aunque nada cambió en los minutos finales.

Al partido le faltó ímpetu y vehemencia desde su nacimiento. Al Cádiz le interesaba ese tipo de enfrentamiento que parecía nacer envuelto con un aire de cierta nostalgia. Mejor dejar en barbecho los ánimos de su rival que alertarlos. Sólo Álvaro y Ortuño parecían liberarse de las cadenas para mirar los ojos de Raúl. Al Levante, en perspectiva, le faltó vigor para manejar el envite y más imaginación para romper la monotonía que presagiaba una cita sin nervio, ni pimienta. El equipo tocaba y tocaba en la zona intermedia del campo sin apenas profundizar y sin apenas conjugar con la sorpresa. El grupo echaba en falta la capacidad de desborde desde los costados de la dupla compuesta por Morales y Jason. El Cádiz se posicionó sobre la geografía del Ciutat de València con la lección bien aprendida. El grupo que prepara Álvaro Cervera se comportó como un equipo muy gremial y corporativo en sus movimientos. Los conceptos planteados estaban muy claros y bien definidos. Y se aplicó con los cinco sentidos en su desarrollo para pacificar el espíritu ardoroso de su contrincante.


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