El Levante recupera un punto ante el Sevilla tras empatar el partido

Foto levanteud

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Levante UD: Rubén I. , Toño García, Camarasa, Verza, Morales (Iván López, 69′), Juanfran, Trujillo, Deyverson (V. Casadesús, 69′), Jose Mari, Ghilas (Roger, 86′), Zou Feddal.

Sevilla FC: Beto, Trémoulinas, Coke, Kolodziejczak, Abdreolli, N’ Zonzi, Kakuta (Konoplyanka, 31′), Vitolo, Krychowiak, Llorente (Immobile, 68′), Gameiro (Krohn-Dehli, 77′).

Árbitro: Ignacio Iglesias Villanueva amonestó a Morales (62′), Juanfran (81′), Ghilas (82′) del Levante y Kakuta (5′), Konoplyanka (38′), Trémoulinas (64′) del Sevilla.

Goles: 0-1 (12′). N’Zonzi
1-1 (58′). Camarasa

Se suceden las temporadas, el marco de la Primera División pasa por los ojos chispeantes de los leales aficionados que se desplazan cada jornada al Ciutat de València y hay aspectos que siguen haciendo reconocible al Levante. En el ADN de la escuadra azulgrana hay componentes que perviven. La raza, la casta y la conciencia de grupo se mantienen imperturbables al paso del tiempo. En ocasiones esos valores, que se van transmitiendo nada más pisar el interior del vestuario granota, permiten recuperar confrontaciones esquivas que parecían alejarse en función de los distintos acontecimientos que se van desarrollando en el interior del terreno de juego. Algo así aconteció en el coliseo de Orriols en el choque que cruzó al Levante ante el Sevilla. Los jugadores que prepara Lucas Alcaraz fueron capaces de formatear de nuevo su disco duro para regresar al duelo en el arranque del capítulo final y minimizar el golpe sufrido con anterioridad. A base de coraje y destilando buen fútbol el colectivo fue reduciendo las distancias que le separaban de su adversario para empatar y discutirle el sentido del partido. El Sevilla comenzó a mirar hacia atrás y a guarecerse sobre la meta defendida por Beto. Su ecosistema se quebró y el equipo andaluz se partió.

El Levante rompió las cadenas que le habían atenazado y se lanzó en pos de la conquista de su oponente. En ese momento sintió que el partido podía ser suyo. Camarasa avivó el fuego con un gol de corazón. Orriols se convirtió en una caldera en plena ebullición. El mediocentro siguió con atención la evolución de una acción que protagonizó en primera persona. Primero se introdujo con decisión en el interior del área sevillista. El mediocentro templó el balón en dirección hacia el segundo palo. Por allí apareció Verza para conectar una volear que chocó violentamente con el larguero. Camarasa apareció veloz por ese espacio para remachar el gol de la igualada. Después de un preámbulo dubitativo, el Levante imponía su jerarquía sobre el verde. La mutación era evidente. Dos imágenes y emociones antitéticas en virtud de los hechos. No conviene dar por perdido a este equipo. Ni siquiera cuando sus constantes parecen menguar. Su código genético le impide desentenderse de los encuentros.

Hay un espíritu de sublevación y de amotinamiento encarnado en la figura de Juanfran. La pasión que pone el capitán en cada jugada traspasa fronteras para calar en el alma de cada uno de los jugadores. Lo mejor de la escuadra visitante arribó en los primeros minutos del duelo. Sobre el verde de Orriols quedó patente que el concepto de clases, acuñado por el marxismo, existe en el seno de la Liga BBVA. Las desigualdades eran patentes en el amanecer del enfrentamiento. El Sevilla pisaba con precisión las inmediaciones del área de Rubén Martínez. Su puesta en acción fue clarividente. N’Zonzi ejemplificó esta tendencia que acentuaba la superioridad visitante. El futbolista encontró un hueco sin amparar en la zona de medios, se adecuó el balón a sus botas, alzó la vista y clavó un zapatazo que se alojó irremediablemente en la portería blaugrana. La definición fue sideral. Ese gol pareció acuchillar al Levante que no daba síntomas de recuperación ante la dureza del golpe con el partido todavía en maitines.La vocación atacante del Sevilla quedaba materializada en la apuesta de Unai Emery por Llorente y Gameiro. El cuadro andaluz se movía con solvencia por el campo imponiendo galones y respeto. Vitolo se enfrentó a Rubén Martínez en la jugada quizás más determinante para el desarrollo posterior de la cita. El arquero granota aguantó lo indecible para no desvencijarse. El remate chocó contra su cuerpo. Fue providencial. El segundo gol a falta de cuatro minutos para el fin del primer acto hubiera sido una losa de considerables dimensiones para el Levante. Su espíritu indómito e irreductible surgió en la reanudación. Quizás cuando nadie lo preveía apareció la versión más punzante y armoniosa del equipo local. El Sevilla fue desandado lo que había caminado antes. Había convicción en las botas azulgranas. El bloque confiaba en sus posibilidades. Certeza y seguridad. Toño y Morales se proyectaron por las bandas. Verza ponía la pausa y José Mari rebañaba todos los balones para imponerse en la línea de medios. Camarasa enjugó la renta foránea con un gol de raza. Y José Mari rozó la victoria con un disparo envenenado desde el borde de área que precisó una respuesta convincente de Beto. El triunfo no era una quimera en esa fase del juego, aunque el empate se celebró el Orriols

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