Clinton y Espinar.

timthumbJosé Antonio Palao.

Profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universitat Jaume I de Castelló.

No deja de ser curioso el paralelismo entre el caso de los correos electrónicos de Hillary Clinton y el caso del piso de protección oficial de Ramón Espinar. No sólo porque parece una comparación, tal vez, desproporcionada: el FBI frente a Prisa, USA frente a un pequeño país como España, uno de los partidos con mayor implantación y tradición liberal-parlamentaria del mundo como el Demócrata estadounidense frente a Podemos, un pequeño partido de nueva creación español…  Unas elecciones presidenciales en el país más poderoso del planeta, en fin, frente a unos comicios locales internos de un partido en una región española. Pero lo que nos interesa destacar en este artículo es que, más allá de estos paralelismos y divergencias, no deja de ser revelador que se esté tratando de una forma muy parecida los dos affaires.

La esencial analogía entre  ambos proviene del hecho de que sendos protagonistas se han quejado amargamente de ser víctimas de filtraciones informativas interesadas para dañar sus expectativas electorales. Las de Clinton por el FBI vienen a demostrar que el cierre de filas del establishment norteamericano alrededor de la candidata demócrata, con el fin de parar al intempestivo Trump, tiene más fisuras de las que podía pensarse y que buena parte de ese establishment no ve al candidato republicano con tan malos ojos.

Al fin y al cabo, la presión puritana sobre los presidentes norteamericanos está justificada por su relación con la muerte: pueden apretar el botoncito nuclear. Si no cometen adulterio es más difícil que lo aprieten por capricho: saben reprimirse.  Obviamente, la cuestión es más amplia porque se aplica a toda la clase política y no sólo a los que tienen acceso directo (shortcut) al botoncito. Y además esta tendencia de la política americana a la hipocresía es muy anterior a la era propiamente atómica. Antes, bajo las prescripciones de la moral protestante. Ahora, bajo la faz de la corrección política. De todos modos, un país cuya Constitución tiene una enmienda como la segunda de la norteamericana necesita de la capacidad de auto-represión como del aire que respira.

El caso de Podemos hubiera debido ser distinto. Este hacer de Cebrián –convenientemente asociado con Felipe González- el genius malignus  que origina todos sus males, tiene una ratificación más en el caso Espinar. Yo soy de la opinión, sin embargo, de que Podemos no tuvo nada que ver en la organización de la recepción dispensada por un grupo de activistas a esta pareja de oligópotas (me he inventado la palabra, obviamente, pero la dejo que porque suena todo lo mal que pretendía que sonara) de la Transición en la Facultad de Derecho de la Complutense, simplemente porque intuyo que, debido a su estructura jerárquica y a su modelo de funcionamiento vertical y constreñido a una cúpula dirigente, Podemos como partido institucional (no hablo de alguno de sus simpatizantes mezclado con otros activistas) no tiene la capacidad de convocar por sí solo un acto semejante en ninguna universidad española.

Respecto a esta pareja de egregios miembros de la élite gerontocrática del régimen del 78, simplemente cabe recordar que su capacidad de influir, de poner y quitar secretarios generales, no es sólo cuestión de poder, sino de crédito. Prisa (El País, la SER) tienen aún la confianza informativa de mucha gente. De hecho, saben cómo conservarla perfectamente. Ya están volviendo a su perfil clientelar y, tras descabalgar a Pedro Sánchez y garantizar la investidura de Rajoy, ya están de nuevo criticando al PP por la conformación del gobierno, demostrándose una vez más que el antagonismo simulado es la esencia del sistema, encauzado en el bipartidismo que la prensa del régimen está ansiosa por reconstruir.

Cuando desde la intelligentsia de Podemos se comenzó a hablar de desbordamiento a cuenta del 15M, pertrechados con su doctrina hegemono-populista,  se empeñaron en hacer una lectura estrecha, porque según ellos el único fin de ese desbordamiento consistía en ganar las elecciones a fuerzas parlamentarias establecidas. Incluso aunque ello se hiciera con buena intención, las buenas intenciones sirven para ir al cielo, pero no para tomarlo por asalto. O sea, que superar el bipartidismo era que Podemos superase a los dos partidos bipartidistas, es decir que sustituyera a uno de los dos. Para ese viaje las alforjas necesarias eran las mínimas, por eso no tuvieron inconveniente en desactivar a círculos y coartar toda iniciativa ciudadana o militante. Una lástima. Porque el 15M representaba algo inédito: una alternativa no totalitaria ni autoritaria (ni fascista ni estalinista) a la insuficiencia de la representación partidaria. Pretender que lo único que había que hacer al respecto era institucionalizar la protesta, extirparla de las calles, que por primera vez habían dejado de ser sólo el espacio público -como querían las protestas de los activistas y militantes clásicos- y habían pasado a ser un espacio de lo común donde la política no se identificaba con la institución ni con el disturbio (riot) sino con la honorable materialidad de la vida cotidiana, era de una estrechez de miras proverbial y así lo expresó mucha gente en Vistalegre. La calle había sido tomada como un espacio para la dignidad, lo que la convertía en un embrión de alternativa a la manipulación comunicativa con la inestimable ayuda de los medios sociales digitales, de naturaleza reticular.

Lo revelador del paralelismo entre el caso de los correos de Clinton y la reventa del piso de Espinar no tiene nada que ver con la supuesta esencia ética de cada uno de esos actos, sino con la constatación de la tremenda influencia de la información filtrada interesadamente en la agenda mediática y, más concretamente, en el desarrollo de los procesos electorales. En efecto, lo curioso es que un partido que nació para ser una alternativa organizacional a las instituciones partidarias tradicionales se encuentre tan claramente sometido a los vaivenes de los medios y de la agenda como lo están los procesos electorales más tradicionales y esclerotizados. Dicho de otro modo, lo que me sorprende bastante –no sé si sólo a mí-es que la militancia interna de un partido tan supuestamente asambleario y radical para la prensa del régimen como para la cúpula del mismo –que, en vender esa imagen, hay un tácito acuerdo cómplice entre ambos- como Podemos esté tan expuesta a las influencias mediáticas,  de tal modo de que desde la agenda informativa se pueda encauzar su voto. O sea, que el militante interno de Podemos es tan manipulable como el ciudadano-cuñao tipo (cedo el término, sin prerrogativa alguna, a las Ciencias Sociales para que lo implementen en futuras investigaciones) sin conciencia política alguna. Evidentemente, mi sorpresa es retórica porque ello no hace más que reafirmarme en lo que he dicho siempre: que el ágora voting es recurso telecrático que coagula toda capacidad crítica -y toda solidaridad, elemento crucial- en la impunidad del votante anónimo pastoreado desde la difusión mediática.

Son las élites marcan la agenda. Y la marcarán siempre, por estructura. No se trata de ser tan iluso de pensar que te vas a hacer con la agenda, sino que es necesario encontrar un espacio de discurso alternativo. Y una vocación política que construya ese espacio. Twitter, por ejemplo, que sería un gran vehículo para el ingenio popular y para la sátira, usado por las empresas y los políticos, queda capado de todas sus potencialidades discursivas y convertido en un vulgar medio de difusión masiva. Y lo mismo hacen, respecto a Telegram, los hilos unidireccionales que las figuras de Podemos usan y cuya única función queda limitada a arengar y adoctrinar a las masas narcotizadas de seguidores. De hecho, la exigua militancia de Podemos que no se limita a tele-votar tiene su función restringida a difundir machaconamente los mensajes de sus líderes sin pararse a pensar. Literalmente. De este modo, vuelven a concebir la calle como un espacio público en el que hacerse presentes y no como un espacio común en el que construir la vida, como parecía que iba a ser aquel Podemos de 2014 con sus chillonas asambleas en plazas, calles, jardines de todos los barrios. Hoy los únicos que discuten de política en Podemos –y no dudo que lo hagan- son los que están cabe sus órganos directivos, no la gente. Así todo queda diluido en líneas políticas y programáticas, no en propuestas de efectiva radicalidad democrática, como sucede en todos los demás partidos del régimen. Por eso, Podemos, en tanto concibe la comunicación como campo único de enunciación de la política, es decir, como márketing y espectáculo masivo excluyendo cualquier otra modalidad discursiva, está expuesto a los mismos condicionantes y chantajes que ellos.

No pretendo –sólo faltaba- que un político de Podemos no pueda salir por la tele. Se trata de que pueda implementar su praxis en otros espacios discursivos distintos del de la difusión, que, por estructura, siempre va a estar dominado por las élites. No tengo nada en contra de la comunicación –me gano la vida con ella- mientras no se me diga que cuando un amante hace el amor está intentando comunicarse con su amado, ni cuando un padre besa a su hijo, ni cuando un hijo hace una trastada para intentar llamar la atención de su madre, ni cuando un machista asesina a una mujer. Hay muchas formas de expresión e interacción simbólicas que no son estrictamente comunicativas y reducirlo todo al Paradigma Informativo es un acto de violencia simbólica neoliberal execrable. La comunicación, debido a su modelización mediática, intenta inmovilizar al receptor: como el espectador clásico de cine o televisión. Nadie como Kubrick en La Naranja Mecánica ha metaforizado esta posición de parálisis y postración del sujeto ante la pantalla. Allí, la única salida para el sujeto era el cinismo y de eso el neoliberalismo nos ha enseñado bastante.

Nos hace falta otro modelo si queremos algo más que picar del plato del bipartidismo monárquico. Un modelo que dé la iniciativa a los círculos, y no se quede en su pura reactivación buro-tele-crática. Pablo Iglesias apela ahora a los activistas. Pero los activistas no pueden constituirse sino en una vanguardia y la vanguardia es otra forma de la élite como nos mostró la experiencia del socialismo realmente existente,  el estalinismo soviético. Todas las vanguardias tienden a ser élites. La vanguardia obrera se convierte en una instancia totalitaria si está en el poder y en mera retaguardia si no lo está. Apelar al concurso de la experiencia movilizadora –anda que desde CQP, el “equipo de Pablo Iglesias” no les dieron estopa a todos los activistas por el mero hecho de serlo- está muy bien, pero la experiencia, tomada como un absoluto, lleva a la gerontocracia. Miren a la pareja Cebrián / González, si no me creen.

Puedo ser muy sarcástico y ácido. Pero he de reconocer que ver a Podemos juzgado, valorado y chantajeado como un partido cualquiera lo que me inspira es una pena inmensa. Parece que este asunto del modelo organizativo sí ha sido desterrado definitivamente de la agenda del broadcasting y sólo queda para algunas redes sociales. Y también me apena, sensible que es uno, ver a aquellos que apadrinó a Iglesias volverse contra él con una falta de solidaridad y escrúpulos a prueba de cualquier coartada. Las declaraciones de José Manuel López a cuenta de Ramón Espinar dejan muy poco lugar a dudas sobre lo duro que se juega en la corte de King’s Landing. Supongo que cuando alguno de ellos lea esta columna –alguno de ellos sé que me lee, del mismo modo que monitorean las redes en busca de disidentes, aunque lo negaría hasta con carmín en los calzoncillos- dirá “ya está aquí este pesao con sus obsesiones que no interesan a nadie” Que sepa, en tal caso, que su concepto de “nadie” y el mío difieren radicalmente.

En cuanto a mi opinión ética y moral sobre la VPO de Ramón Espinar ya la expuse el otro día con toda la prolijidad, extensión, intensidad y profundidad que el caso requiere.

 

 

Por cierto, no sé si están al tanto: Rajoy ha sido investido y ha formado su gobierno. Se confirman, pues, todas las sospechas: nada nuevo bajo el sol.


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