como-los-moviles-estan-sirviendo-para-chantajear-y-silenciar-a-las-mujeresImagina que eres una adolescente moderna. Facebook, Instagram, Twitter y Snapchat llevan funcionando casi desde que aprendiste a leer. Esos son los vehículos que utilizas para conducir tu mundo. Llevas cultivando cuidadosamente tu identidad digital casi tanto tiempo como construyendo tu identidad en la vida real.

Entonces, un día, un mensaje enviado por un desconocido aparece en tu pantalla.

“He hackeado tu Facebook. Si no me enseñas las tetas voy a poner esta imagen como tu foto de perfil”.

Se trata de un enlace a una fotografía en la que apareces desnuda. Una foto que habías ocultado en tu celular y que pensabas que nadie conocía excepto tú. Y entonces…

“Tienes 15 minutos”.

“Enseña todo, nena”.

“No tienes elección. Si no veo tus tetas a las diez todo el mundo verá tu culo. No me obligues a hacer esto… Te dejaré en paz cuando me mandes la foto”.

Todo tu mundo está al borde de la implosión. Así que cumples.

Spoiler alert: el tipo no te deja en paz.

Ahora dispone incluso de más material. Las exigencias se vuelven más explícitas, más denigrantes. Sabe dónde vives. Un día llega a tu casa un paquete con un juguete sexual y un lubricante. El desconocido ha hackeado tu cuenta de Amazon. Hackea tu email, finge ser tú y engaña a tus amigas del mismo modo. Entonces ves lo que le sucede a las chicas que no cooperan: se publican sus fotos desnudas. Esto continúa durante días, después semanas, meses. Finalmente, resulta que has estado produciendo pornografía para un desconocido durante años.

Estas son declaraciones directas y acusaciones descritas en el procesamiento judicial de Ryan Vallee, un hombre de 23 años residente en New Hampshire que fue condenado a ocho años de prisión el pasado mes de febrero.

Vallee pasó años intentando coaccionar a chicas adolescentes para que realizaran fotos y videos pornográficos mediante amenazas y acoso. La acusación describió las acciones de Vallee como “agresión sexual a distancia”.

“Según mi punto de vista, es como si alguien permaneciera frente a su víctima con un bate de béisbol y la amenazara con golpearla si no se quita la ropa y le deja fotografiarla desnuda”, afirma Mona Sedky. “Es obligar a otra persona a realizar actos sexuales”.

Sedky es abogada litigante en el Departamento de Justicia de EEUU y ha pasado los últimos seis años como fiscal en casos en los que el acusado había empleado una combinación de seguimiento, hackeo, acoso y amenazas para extorsionar a sus víctimas y obligarlas a realizar actos sexuales contra su voluntad. Este fenómeno se conoce como “sextorsión”.

“Definitivamente esto cambió mi forma de actuar en mi vida y en mi día a día”, explicó una de las víctimas de Vallee a una cadena de televisión local después de la sentencia. “Ahora sabe dónde vivo y eso me da mucho miedo. Tengo ansiedad social y no duermo bien por las noches”.

Otra de las víctimas Jane Doe 3, afirmó: “Estoy muy feliz de que vaya a desaparecer de mi vida, pero el daño que nos ha hecho nunca desaparecerá”.

No resulta sorprendente que una víctima de cualquier tipo de abuso se sienta así, lo que sorprende es que Vallee fuera capaz de infligir ese daño sin siquiera haber estado jamás en la misma habitación que sus víctimas.

Sedky formó parte del equipo que acusó a Vallee. “Pasé mucho tiempo leyendo sus mensajes… Era realmente perturbador”.

Los expertos hacen una clara distinción entre sextorsión y porno vengativo, porque en la sextorsión se coacciona a la víctima para que realice actos sexuales contra su voluntad y el delincuente a menudo emplea fotos privadas robadas como material para el chantaje.

“Creo que existe otra diferencia muy importante entre el porno de venganza y la sextorsión”, afirma Benjamin Wittes, de la Brookings Institution. En 2016, Wittes publicó Sextortion: Cybersecurity Teenagers and Remote Sexual Assault (Sextorsión: ciberseguridad, adolescentes y agresión sexual a distancia), el primer estudio publicado sobre sextorsión en recomendar nuevas leyes para enfrentarse a este fenómeno.

Según Wittes, la sextorsión se produce cuando “la actividad sexual en sí no es consentida y se realiza bajo coacción”. El porno de venganza, por otra parte, a menudo es material creado de forma consentida que maliciosamente se filtra sin el consentimiento de uno de los participantes.

El pasado mes de abril, un profesor de una universidad australiana fue arrestado después de haber sextorsionado presuntamente a 157 niñas menores de edad haciéndose pasar por Justin Bieber. Desde entonces se le acusa de 900 delitos sexuales, incluyendo violación, tratamiento indecente de niños y creación de material de explotación infantil.

Sedky entra en escena aúna las leyes existentes sobre hackeo, privacidad, acoso y fraude para intentar solicitar penas para estos criminales que al menos se puedan comparar con las que se solicitarían si el delito sexual hubiera sido una agresión física en persona.

“Tengo muchos ases en la manga, dependiendo de lo que haya hecho [el acusado]. A veces roban datos financieros y realizan compras”, afirma Sedky, recitando de memoria una lista de cargos potenciales que se podrían aplicar a los acusados de sextorsión. “El ciberacoso, ese es mi favorito [debido a las altas penas con que se castiga]. Suponiendo que hayan empleado algún tipo de comunicación interestatal como mensajes de texto o llamadas telefónicas, amenazar a alguien con dañar su reputación es fácil de probar y la pena es de tres años máximo”.

Puede que los ocho años de Vallee parezcan una condena poco severa, pero en realidad es un triunfo si se compara con otros casos similares.

El caso más importante de Sedky fue el de Michael Ford, un empleado del Departamento de Estado que trabajaba en la embajada de EEUU en Londres, donde pasó dos años hackeando cientos de cuentas online, robando fotografías y amenazando a unas 75 mujeres para intentar obligarlas a que le proporcionaran material pornográfico realizado por ellas mismas. Ford fue condenado a 57 meses en prisión.

“Creemos que hizo una búsqueda en Google Earth para encontrar el aspecto que tenía el exterior del apartamento [de una de sus víctimas]. Acompañaba sus amenazas con frases como: ‘Me gusta tu escalera de incendios. Es fácil de escalar’. Las víctimas de Ford creían que estaba cerca, siguiendo cada uno de sus movimientos, y que saltaría sobre ellas y las atacaría. Una de ellas dormía con un cuchillo bajo la almohada todas las noches”.

Sedky estuvo trabajando en la Unidad de Crímenes Informáticos y Propiedad Intelectual del Departamento de Justicia durante cinco años antes de toparse con su primer caso de sextorsión.

“Estoy segura de que parte de mi instinto maternal de protección hizo saltar la alarma”, explica. “Pensé, esto no está bien, esto tiene que acabar”.

Para llevar los casos de sextorsión ante el tribunal, Sedky a menudo tiene que solicitar los servicios investigadores especializados de un montón de organizaciones, incluyendo los Servicios Secretos, el FBI y la policía local. Conforme avanzan las aplicaciones y la tecnología para salvaguardar la privacidad, los hackers son cada vez más capaces de ocultar su actividad online.

“Cada vez es más y más difícil identificarles, especialmente porque usan métodos de comunicación encriptada”, admite.

Más allá de los sistemas de software y las aplicaciones para preservar la intimidad, que cada vez son más frecuentes, Sedky indica que uno de los mayores problemas es que todavía hay reticencia a reconocer la sextorsión como lo que es.

“Es un delito de violencia, dominación e ira”, explica. “Quizá con una buena dosis de misoginia también. No existe el perfil del ‘típico’ culpable de este tipo de crimen. Abarcan un gran rango de edad, desde adolescentes a treintañeros, de todos los puntos del país, de todas las situaciones económicas… No comparten un rasgo demográfico común”.

Aunque la concienciación por parte del público sobre el porno de venganza y su ilegalidad ha ganado algo de terreno, la sextorsión sigue siendo un fenómeno oculto.

“El alcance del problema es muy grande y el número de personas que lo están sufriendo es cada vez mayor, puedo demostrártelo”, afirma Wittes hablando de su estudio, que fue el primero en tratar de definir qué constituye una sextorsión. “Observamos casi 80 casos de ‘ sextorsionadores’ y había un mínimo de 1,300 víctimas”.

Su equipo analizó 78 casos recientes que tenían las características típicas de la sextorsión. Su estudio está salpicado de extractos de procesamientos y testimonios de víctimas, como el de la adolescente a quien su sextorsionador le dijo que podía hacer volar a distancia su nueva computadora si no cumplía con sus exigencias.

“Algunos de los casos que analizamos incluían sexo obligado entre hermanos, en el que se veían involucrados niños de siete y ocho años. Y a veces también con animales. Estamos hablando de algo muy, muy terrible”.

Wittes también indica que, en lo que respecta a la sextorsión, los casos que llegan a los tribunales son solo la punta de un enorme iceberg.

“¿Qué víctima de sextorsión querría hablar de ello en público? Te has masturbado delante de la cámara para evitar que la gente se entere, ¿por qué ibas a hablar sobre ello en un programa de televisión? Este es el motivo por el que hay una enorme campaña pública y se presta mucha atención al porno de venganza y prácticamente ninguna a la sextorsión”.

Carrie Goldberg es una abogada residente en Nueva York y antigua víctima de porno de venganza que ahora dirige su propio bufete especializado en delitos en los que convergen el sexo, la coacción e internet.

Goldberg nos cuenta por email que cuando las víctimas de sextorsión acuden a ella, están traumatizadas y no están seguras siquiera de que se haya cometido un delito contra ellas.

“Tuve una clienta que fue ocho veces a comisaría a denunciar y las ocho veces la enviaron a casa sin hacerle caso. Durante dos años estuvo a merced del hombre anónimo que la obligaba a mantener relaciones sexuales con desconocidos y cosas peores. Y la policía no hizo nada”.

Las clientas de Goldberg a menudo son chicas menores de edad cuyos sextorsionadores también son menores.

“He visto delincuentes de hasta 13 años de edad haciendo esto. A veces hay una competición en el colegio entre los chicos para conseguir el mayor número de fotos de chicas desnudas. Este fenómeno es extremadamente común”, afirma. “Puede que su facilidad para practicar la sextorsión sea algo que les acompañe hasta la edad adulta si no creamos leyes mejores y no tomamos medidas educativas que les disuadan”.

Wittes apunta al mismo problema que se encontraron quienes luchan contra el porno de venganza cuando empezaron a presionar para que se aplicaran leyes que abordaran ese problema: la culpabilización de las víctimas.

“A mucha gente realmente le cuesta no pensar que en cierto modo la culpa es de las víctimas”, afirma.

Wittes cree que se trata de un problema más grande que debe abordarse a nivel federal.

“Es difícil conseguir que la gente piense en qué consiste un crimen ‘nuevo’. Nunca se había conseguido algo así, cometer un crimen sexual contra otra persona que está en un país diferente”, indica. “Si dices ‘organización criminal internacional’ intuitivamente tiene algo de sentido, pero aquí estamos hablando de que la violencia misma traspasa fronteras jurisdiccionales internacionales”.

Según Sedky, muchos de los acusados que procesa ni siquiera son conscientes de que han cometido un acto criminal.

“Cuando son detenidos y están en prisión, parecen totalmente sorprendidos”, explica. “Algunos de ellos confiesan inmediatamente y otros lo niegan, lo niegan y lo niegan, hasta el amargo final”.

Para Sedky, el hecho de que la coacción se haga a distancia no tiene importancia alguna.

“Existe un componente físico muy real, aunque el delito se cometa a distancia. Los criminales desean aterrorizar a estas mujeres jóvenes (y en algunos casos también hombres). Se empeñan en su afán, quieren que sus víctimas piensen que están a la vuelta de la esquina”.

Seis años después del primer caso de sextorsión de Sedky, perseguir ese crimen se ha convertido en su misión. “Me siento empujada a hacerlo”, afirma. “Siento que es importante, siento que el trauma que están sufriendo esas mujeres y algunos hombres es algo que me llega muy hondo. Me siento protectora, llena de energía y comprometida para tratar de que se haga justicia para ellos”.